miércoles 4 de noviembre de 2009
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jueves 15 de octubre de 2009
jueves 8 de octubre de 2009
martes 29 de septiembre de 2009
jueves 24 de septiembre de 2009
sábado 19 de septiembre de 2009
Fue abducido Reno Liatti
Lo chuparon en la madrugada de ayer. Se presume que fueron seres de Hercólubus, un planeta ficticio que se acerca cada 6000 años. Otros dicen de haberlo visto en las inmediaciones de Almagro, donde habrían portales intramundo. Nula preocupación de la gente.
BUENOS AIRES.- El escriba R.L. fue succionado a las 3.42 AM, después de varias medidas de 100Pipers, en la esquina de Perón y Mario Bravo, ante la atónita mirada de dos mexicanas zapatistas y una sueca despampanante. El hecho no habría causado ninguna conmoción en las huestes del Teatro Fray Mocho, ni entre los parroquianos de la Tanguería. Bela, el Cantor, fue el último en saludarlo antes de la abducción. "Me había comentado que esta noche lo iban a mamar o algo así", declaró Bela en voz baja a unos amigos.
El blog cuentosparalimar.blogspot.com ha quedado sin autor. Los derechos fueron adquiridos por Rey Reva, empresario remador quien está armando su propio multimedio, acorde a los tiempos que ya llegaron.
El columnista Queso tiene asegurado su puesto de trabajo.
Gracias, visitantes lectores que se fumaron los largos cuentos de esta página.
HERNALDO LIMAR, desde el 5º piso del IMPA.
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martes 1 de septiembre de 2009
El Cebador
Rudesindo Fuentes tenía la barba poblada de interrogantes; tantos tenía, que ya no le crecía más allá de los veintiséis centímetros. Aquel domingo por la tarde, en su rancho de Pompeya, desde el pecho lo arremetió: “Ay, qué será de nosotros, qué será…” No precisaba la rima del buen poeta, ni estilo que a la payada le propina el mejor cantor. Porque nunca se lavó la yerba de este cristiano, al que no por nada en la Zabaleta le llamaban así, con mayúsculas, El Cebador.
Nunca, en la vida vio navegar a los palos sobre el agua, sacrílego desprecio, digno de adversarios. Tuiiiiiiiiiiitas las mañanas, bien temprano, Rudesindo Fuentes instalaba su puesto en la plaza de San Martín, tierra de gauchos como él, vestidos para el cuero con bandera de ocasión. Como chupacabras veía paisanos que asalariaban a las chinas camino del Retiro, entre los vagos y bien entretenidos con tarjeta Maestro. Las que bajaban del ciento cincuenta recibían ofertas para transportar esa harina, en bolsas de goma selladas con poxirán. Muchas preferían el camadentro antes que volver a trabajar el interior. Como Rudesindo Fuentes era un gaucho sensible y muy serio, estas imágenes le ocasionaron gran conmoción, y suspiró otro fuerte “Ayyy, qué será de nosotros… Qué será…”
Siempre mantenía la cara de persuadido hasta que el primer rayo del sol se le metía en un pie, y luchaba para sacárselo. Atrincheraba el ombú con una arpillera redentora, que a mediodía perdonaba el calor, y tan satisfecho quedaba con la sombra que al segundo desenfundaba un termo con agua de manantiales. Tenía nueve mates y seis termos, con seis aguas diferentes. Dentro de los mates las yerbas eran de menta, cedrón, del bosque, con gíngsen y manzanilla, de boldo y clonazepam, de tercera prensada, de pino, con ruda y la uruguaya sin palo. Las aguas eran de “napa de tandilia”, “manantiales”, “deshielo”, “río”, “dispenser” y (tal vez sea esto último márquetin), “de las cañerías de la casa de Tucumán”.
Una mañana oscurecida y de frío inusual, mientras titilaban como luciérnagas solitarias las últimas bombitas detrás del Libertador, Rudesindo Fuentes recibió un sms con la palabra “duelo”. Una felicidad le asomó del poncho, y le echó sonrisa a una ejecutiva de escote amenazante, mientras zarandeaba un mate con yerba del bosque. Dejó la carga empinada a cuarenta y siete grados, metro y medio sobre el nivel del mar. Con una parsimonia inusitada desenroscó el termo con agua de dispenser, y le exigió mucha concentración volcar un hilo de agua sobre el inicio del valle yerbal. Penetró por la paré interna hasta que una espuma blancuzca asomó victoriosa, y Rudesindo Fuentes hundió las comisuras en dirección de la tierra. Esperó para hundir la bombilla, no vaya a ser cosa del Pombero que un turista se detenga a su lado a probar la yerba de pino.
Rudesindo Fuentes esperaba al retador que podría aparecer desde cualquier parte. Y no sabeeemos bien qué le pasó, porque en ese instante, se enajenó al imaginar que su adversario no venía del terruño. Vio unitarios sembrando el suelo para cultivar a la patria, o al revés, pero nunca un foráneo. Vociferó a los cuatro vientos que era ferviente opositor al modelo, aunque lo pensó en voz baja. Como can cerbero enroscado en el arte de la cebada ojeaba en derredor, aunque prefería un gaucho de la patria que lo entusiasme con alguna técnica del litoral.
Hasta que, saliendo del subte, vio venir a Joaquín Torres García, o lo que quedaba de él, porque había muerto el siglo antepasado y conservaba aún la cara huesuda con su barba, años más larga que la Fuentes. Hizo la fila para probar un mate de El Cebador, detrás de unos estudiantes del Industrial San Martín. Y no bien le tocó el turno tomó del poncho a Rudesindo Fuentes y lo arrojó contra el pasto. Joaquín Torres García emitió una carcajada que provino del oriente del más allá, y desenfundó su bombilla erecta con resorte antiyerba. Mientras que a Rudesindo Fuentes le costó ponerse de pie, y ahí nomás le lanzó un conjuro y se arrojó de cabeza contra Torres García, quien se aprestaba a chupar el primer mate. Rodaron los dos por la bajada de la plaza, y varios empresarios tuvieron que esquivar la bola de gauchos que venía a las ahorcadas, rodando hasta la circunspección polarizada de asesinos de ambos bandos (!?). Un árbol frente a American Express los detuvo y Rudesindo Fuentes, lo primero que hizo al levantarse, fue mirar que la gente no le tome muchos mates. Joaquín Torres García se excusó y sin dar muchas vueltas, lo invitó a comenzar el entrevero de verdá.
Ahí fue cuando, viniendo por Maipú, se agolparon gauchos de todo cepaje, algunos a favooor y otros en contra. Y desde el reloj de los ingleses llegó la caterva de Torres García, recién escapados del Hotel de Inmigrantes, como ejército de huesos avezado en el oficio de la confrontación.
Al fin, los adversarios agitaron su mate dado vuelta. Iban a cebar hasta que a alguno se le lave.
Y desde entonces, vemos asistentes llevando y trayendo termos, paisanos que siguen disfrutando el gusto tradicional de la buena cebada, empresarios que ya no conchaban chinas y hacen la fila que llega a Florida; todos degustan el duelo eterno. Festejan el equilibrio universal, necesario, sin interrogantes, solamente sostenido por no saber nunca qué será.
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miércoles 26 de agosto de 2009
Queso, melancolía y despenalización
Por El Queso
Como es de público conocimiento, la Corte Suprema de Justicia falló a favor de la despenalización de la Marihuana para consumo, fallo controversial que llevó a los indecisos a tomar un lunes; a los titubeantes a probar la cerveza roja y a los duros de siempre… nada les cambió, porque venían puestos del domingo y cuando se conoció el veredicto, estaban prometiendo que sería la última vez que intercambiaban el nebulizador del nene por verse pujantes y seguros de sí.
Los que se mostraron más seguros fueron algunos jóvenes ayunos de vivencias sociales que no sabían bien si la Marihuana se fuma, se aspira, se expira, se lame o si el solo hecho de pronunciarla causa efectos alucinógenos que llevan indefectiblemente a darle muerte al primer transeúnte que pase ya sea una anciana, un niño scout, la Cenicienta o un joven que trabaja para ayudar a su madre y estudia por las noches mientras que los domingos enseña a un grupo de ciegos a jugar al vóley.
Estos últimos jóvenes (de los cuales no haremos mas alusión) se enojaron muchísimo con el fallo, pero no les daremos más trascendencia ya que no esperábamos otra cosa de ellos, solo que desde aquí les mandamos un fuerza mis valientes!
La gran pregunta que nos hacemos como cada vez que miramos un noticiero es... ¿Qué quiere decir que se despenaliza la Marihuana? Los más frescos dirán que ahora se vende en las cadenas de supermercados con el 15% los miércoles y con tarjeta… NOOOOO! Los que suelen saber todo, dirán “ahora si tenes 32 gr. el policía no te puede llevar” NOOOO!!
Los que no sabemos nunca nada, pero tal vez más cerca estamos de la realidad, consideramos que en lenguaje técnico la policía va a romper menos la paciencia en una de esas y acá se acaba la consideración.
Pero la realidad es que todo cambio nos lleva a un dolor por lo que se va, como cuando nuestra chica se subía en un coche mientras nos dábamos cuenta que las monedas nos alcanzaban justo para dos pasajes en el Veinticuatro que va para Avellaneda pero tarda muchísimo y si vas a ver a Racing es mejor tomarte dos colectivos, o colectivo y tren.
Existe ahora un vacío tal vez que puede quedar en el lunfardo popular y que es el tema central de estos escritos que trata de cuantas frases pueden quedar en el olvido.. dado que la intriga es: ¿Qué pasará cuando vengan los azules?
¿Quedarán desterradas las frases que nos alertan de la llegada de los mismos?
El listado de frases que se despliega a continuación deberá ser completado por lectores que recuerden situaciones similares y comentarios efectuados por presentes, se les pide a los mismos comentar sin hacer nombres de quienes son las frases escuchadas en sus barrios esquinas o mitades de cuadra cuando el personal de las fuerza se aproxima. Empezaremos con estas, a modo de ejemplo:
“Descartá Luis, que viene la gorra” (Lugano 1984)
“La lancha Pa, soltalo!” (Colegiales 1996)
“Cometelo, dale ya fue” (Chacarita 2003)
“Metelo en las bolas gordo” (San Cristóbal 1998)
“Viene la truya, tiralo a la zanja despacio, uy dobló” (Palermo 2005)
“Che ese Duna, ¿son? Uh lo tiraste al pedo” (Caballito 2001)
“Ahí vienen los muchachos, ponelo en el escalón, ya fue te re vieron” (Villa Real 2008)
“Viene la gorra pero sigan hablando, dale que ni se dan cuenta, uh frenaron” (Floresta 2009)
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sábado 15 de agosto de 2009
jueves 13 de agosto de 2009
Mailer Daemon
Ya en ese tiempo los clientes bancarios tenían cubiertas sus necesidades, por lo tanto, era una hidalguía rehusarse al abono de tres megas. Ya en ese tiempo, conectarse era muy barato, pero hacerlo implicaba aceptar reglas exóticas.
Lo sabía Fidel Cáceres, para quien la velocidad era un destino prefijado.
Mas su ordenador desconectado presagió dificultad para avanzar sobre autopistas bacheadas con cemento blanco. Y resolvió acercarse hasta el Palé de Glass, único cybercafé con una red increíblemente rápida, donde las demoras no irían a molestarlo.
Lo sabía Fidel Cáceres, para quien la velocidad era un destino prefijado.
Pidió una máquina apenas pisado el Palé y se sintió deleitado, porque las demoras no irían a molestarlo.
Lo sabía Fidel Cáceres, para quien la velocidad era un destino prefijado.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno. Colocó el usuario, la contraseña y el mensajero abrió rápido. Y Fidel Cáceres comprendió el costo de sentirse deleitado, porque las demoras no irían a molestarlo.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno.
Cuando la barra de carga del navegador se detuvo en la mitad. Dos minutos tardó, y recién después, pudo ver la pantalla de bienvenida en el mensajero. Cliqueó sobre el sobre y entró al correo caliente. Pretendió entrar al correo caliente, porque la ventana abrió, pero permaneció en blanco; un rato.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno.
Muy despacio, apareció la barra de tareas y Fidel Cáceres se lamentó de no comprender antes el costo de sentirse deleitado. Desató el furor de sus dedos sobre el teclado y finalizó el cuerpo de una extensa invitación.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno.
Cliqueaba en enviar cuando irrumpió un mensaje de error y la pantalla quedó blanca, un momento. Tardó en actualizar… pero lo hizo, mostrando una exitosa confirmación de envío.
Lo sabía Fidel Cáceres, para quien la velocidad era un destino prefijado.
Exhaló profundamente y observó a su alrededor: en el Palé todo era diáfano. Y aliviado volvió a la bandeja de entrada.
Lo sabía Fidel Cáceres, para quien la velocidad era un destino prefijado.
Cuando una ventana asomó desde el córner, avisando de un correo entrante:
Mailer Daemon.
Y el blanco de sus ojos enrojeció y su mandíbula hizo tope en el fondo de la quijada.
Undisclosed recipient.
Y todo el Palé de Glass giró sobre el rostro de Fidel Cáceres, quien notó no podía despegar su mano del mouse y con la izquierda tuvo que hacer desmedido esfuerzo para llegar al Control y Alt.
Mailer Daemon.
Y en los cubículos vecinos otros usuarios colgaban de sus auriculares antes de ser centrifugados, cuando la boca de Fidel Cáceres tan abierta con las cejas traspasando su frente y la punta de su nariz se pegaron al monitor.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno.
Y la cabeza de Fidel Cáceres giró vertical sobre el cuello, en dirección contraria a los vientos que azotaban el Palé, usando de eje su nariz, mientras subestimaba el costo de sentirse deleitado, porque las demoras no irían a molestarlo.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno.
Y Fidel Cáceres creyó que no irían a molestarlo, pero las demoras estaban allí, corporizadas en el monitor como abonados de tres megas. Ellos, sus colegas, no recibieron el mensaje, ¡mas de todos modos no se desalentó y se puso a redactar nueva, rápida y frenéticamente un nuevo correo!
Lo sabía Fidel Cáceres, para quien la velocidad era un destino prefijado.
Y regresó a Nuevo Correo asegurándose que estén correctas todas las direcciones. En verdad pretendió redactar otra vez el mensaje, porque el Palé adquirió un tono anaranjado, y la barra de carga del explorador se detuvo para siempre en la mitad, en los arrabales del plasma que Fidel Cáceres vio como a través de un lente de vídeo, donde los fotogramas fueron más veloces que la bajada de información catódica.
Quería organizar para sus colegas un asado al horno.
Y Fidel Cáceres pagó la máquina y no le alcanzó para arrepentirse de haberse lamentado de no comprender antes el costo de sentirse deleitado, que esa tarde no irían a molestarlo, menos corporizados en demoras.
Con su nuevo abono de 512 K, pudo organizarlo.
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miércoles 15 de julio de 2009
Las escaleras imperfectas
Ejercitar sus muñecas es lo primero que hace Miguelito Timborato cuando se levanta. Nunca perdió una partida de generala y quiere mantener el invicto. Ese estilo, esa velocidad para el cubilete no es cosa de novatos; sabe que no puede dejarse estar.
El chalet de Parque Chacabuco está ambientado acorde a la disciplina, pero también a su extravagancia. Una vitrina que exhibe los trofeos recolectados por el mundo se alza en su mismísimo dormitorio. De frente a un espejo pintado en sus bordes con aerosol dorado, Miguelito gira los puños hacia adentro y hacia afuera, con cara de levantar pesas. Después elige alguna prenda en el placard lleno de colores y sólo tiene que encender su ordenador para recibir decenas de correos, convocándolo a conferencias y desafíos, campeonatos y seminarios.
Llegó hace dos días del Japón, donde dio una clínica sobre cómo buscar el tres. La última gira lo había llevado (además de por el país del sol naciente), a Oslo, donde fue invitado a jugar con el mismísimo Premier noruego, afecto a los dados y –ante todo–, los secretos del Azar. Timborato aceptó gustoso el convite, se durmió en el primer tiro (sacó cinco dados iguales) y partió hacia París, al mundial que se hace cada seis años, no sin antes prometerle al Premier que le revelaría sus secretos en la próxima visita. En Francia, con la Copa del Mundo en el bolso, cosechó una gran cantidad de prendas exclusivas: trajes de solapa hasta el hombro y camisas estridentes, como a él le gustan. De Oslo se trajo unos tapados metrosexuales de astracán, una piel parecida a la del cordero, pero negra, con mucho estilo. Y como regalo de la O.J.J.P. (Organización Japonesa de Jugadores de Póquer), un sillón estilo perezoso que, botonera de control mediante, cambia de forma y se convierte en una muñeca con expresión sorprendida. Miguelito, si se permite el sentimiento aquí y ahora, es feliz, aunque desconocemos si depende de su amistad con el azar.
Timborato lo admitía: siempre tuvo problemas con la escalera. Podría anotarse cuatro al as, ocho al dos, hasta doce al tres antes de la mezquindad de quedarse con el primer póquer. El full casi siempre lo hacía servido. Pero con la escalera era otra cuestión. Hubiera deseado formar parte de la cofradía que estableció las reglas para dejar sentada su irrenunciable posición. Para Miguelito, la escalera debe tener una sola combinación, no tres. Les gritaría en la cara a los congresistas que de dónde sacaron que dos, tres, cuatro, cinco y seis pueden formar una escalera, si falta el primer peldaño. Ni hablar de la escalera que se forma en el aire, ridícula, que pretenden anotarse los que sacan tres, cuatro, cinco, seis y uno. Lo sacaba de quicio, pero debía de jugar con esas reglas. Después de todo, era su juego. Y era el mejor.
Al mediodía, Miguelito se dio un baño de inmersión con espuma aromatizada, noticiero digital y licuado de peras. Después programó su agenda, abrió el portón del garaje y salió dando la vuelta por Curapaligüe en dirección a Flores. En la esquina del parque, desde el volante de su Coupé Fuego echó un vistazo a las portadas de los diarios. Sólo aparecía en la primera plana del Popular: “Miguelito es Mundial” El canillita ni lo reconoció y le entregó el pasquín. El copete decía: El jugador de dados Miguel Timborato deslumbró a los parisinos con su estilo y gran fortuna en el Mundial de Generala. “Gran fortuna”, masculló Timborato poniendo primera y doblando en Eva Perón. No le gustaba, prefería quedarse con lo del estilo. Siguió leyendo la nota, en la página treinta y dos: Entre los aficionados que siguieron el campeonato por Rulanet (único medio junto a Diario Popular), el Premier de Noruega, Olav Hakkonok, reconoció su amistad y fanatismo por Timborato. “Prometió develarme sus secretos” declaró delante de su gabinete mientras giraba sus muñecas hacia adentro y hacia afuera. “Es para ser un gran cubiletero”, concluyó.
Con una leve sonrisa arrojó el diario al asiento del acompañante y se concentró en la autopista. Aunque se quedó pensando en el Premier: “se deja gobernar por los dados, es presa de sus caprichos” “No tiene futuro mientras se concentre en ganar y no en los números” Miguelito dudaba de volver a Oslo. No era que Hakkonok había sido descortés: lo creía un caso perdido.
Apenas bajó de la autopista, en la Nueve de Julio, lo detuvo un semáforo. Volvió al diario y examinó su foto publicada hasta la luz verde. En ella aparecía levantando la copa en París, rodeado de chicas vestidas de blanco y de negro. La copa era alta: estaba coronada por cinco dados de oro, que mediante un juego de imanes aparecían suspendidos en el aire. Pero en la foto se veía gris, al igual que su traje, en realidad de color amarillo. Las chicas sólo aplaudían a cámara (notó que ni una lo miraba) y la foto le pareció más insípida o todavía más cruel.
Estaba invitado al Círculo Militar, donde lo esperaban con un cóctel y un micrófono para que cuente su experiencia en el extranjero. Así que cruzó el Obelisco hasta Santa Fé y bajó a la plaza. Su humor no era el mismo de la mañana, aunque Miguelito no andaba mostrando sus pesadumbres, porque atentaba contra los dados por salir. Lo recibió el clamor de un auditorio desbordante de quinieleros y burreros. Timborato se acomodó las solapas del saco y se acercó al atril, saludó triunfante y agradeció la invitación. Luego dijo:
–Este reconocimiento no es más que otra muestra del exitismo que todos profesan. Ahora que somos amigos, porque desean saber cómo nunca perdí a los dados, se los digo y ya: sólo pidan el número, y tengan la certeza de que va a salir.
Sin más, Timborato bajó del escenario y se dirigió hasta el salón donde preparaban el lunch. Del auditorio escaparon tibios aplausos, que fueron contagiándose de a poco. Apenas le daba la mano a los que se acercaban para saludarlo. Tenía la vista clavada en el ponche. Nunca probó uno más sabroso (y dudoso de su origen) que el que sirven en el Circulo Militar. Se disponía a tomar el cucharón de la fuente cuando una mano se posó sobre la suya.
–¿No crees que estuviste un poco duro? Estás tentando a la suerte...
Miguelito la miró, otra vez la sonrisa sugerente. Se sirvió despacio, no obstante –como generalmente ocurre cuando uno se sirve ponche– unas gotas cayeron sobre el inmaculado mantel.
–Elena, sabes que vine sólo por vos –le dijo al oído, casi apoyando sus labios en la rubia cabellera– No comulgo con la gente que busca ganar a cualquier precio.
Elena suspiró. “Otra vez ese idealismo, Miguel…”, pero de inmediato recordó lo feliz que había sido con él en aquellos meses de pasión clandestina. Sus lóbulos tomaron la temperatura de entonces, cuando había alguien que reparaba en morderlos. Dijo entonces a Timborato casi en un suspiro:
–Acá siempre se gana a cualquier precio, vos también lo pagaste y sabes de qué te hablo.
Miguel tuvo de frente la imagen del diario, en la que ninguna de las chicas lo miraba, a pesar de ser campeón del mundo; la del sillón perezoso y sus utilidades, sus correos únicamente laborales, y creyó comprender.
–¿Qué me hiciste?
Elena no respondió; se alejó cuando vio a su marido aproximarse hacia ellos, rodeado de quinieleros, burreros y algunos militares retirados.
–¡Miguel Timborato –lo saludó el General, estrechándole el guante–, así que sólo es pedir el número, y le viene!
–Sí, más o menos…
–A ver entonces.
Un colaborador le acercó al General un cubilete de cuero cuarteado, que parecía antiquísimo:
–Observen estas iniciales grabadas –dijo el General–, éste era el cubilete del
Virrey Cisneros. Lo exponen al lado, en el museo de armas, porque es la única que ostentaba.
Los jugadores rieron al unísono del pésimo chiste. El General batió el cubilete con torpeza, sacudiendo el codo, y lo dio vuelta sobre la mesa de los canapés.
–Quiero un full –pidió el General.
Elena, que se había alejado, miraba la escena tensa, pero no por ello con cierta perversión. Sobre la mesa aparecieron un cuatro, dos cincos, un uno y un seis.
–Si lo dice en voz alta no sirve –dijo Miguelito-, además usted no está concentrado. Sólo tira “para ver si tengo razón”. Así no hará un full en toda la tarde…
…además, ellas se fijan en usted, tuvo ganas de decirle, pero en cambio miró a Elena y sospechó que reía por dentro, a pesar de la cara de póquer que denotaba.
El General lo miró fijo, arrugando por demás su frente; luego tomó el cubilete e introdujo los dados.
–Por algo es el campeón –dijo al fin y le palmeó el hombro con su guante blanco–, disfrute del cóctel... – El General se alejó con la marea de gente que parecía una extensión de su frac. Elena tomó entre sus manos el cubilete, lo guardó en sus profundidades y se acercó a Miguel, quien controlaba la casilla vacía en su celular.
–Seguime, con disimulo –pidió ella, luego se introdujo por una puerta que dejó entreabierta. Miguelito, mirando el piso, el techo, sus manos, caminó hasta allí y también entró. Elena prendió las luces: era una sala moderna, que contenía una larga mesa para reuniones y un televisor empotrado en una de sus paredes. Apenas cerró la puerta, Elena le sacudió la boca de un beso. Miguelito aprovechó: hacía rato que no tocaba una mujer, de carne. Levantó el largo vestido de Elena, prolongando el abrazo y el beso de ella, que reaccionó y se apartó de Miguel ampulosamente, todavía con el vestido por la cintura. Mantuvo el cubilete todo el tiempo alejado de Miguel:
–Tirá ahora –dijo jadeante. Timborato manoteó el cubilete de Cisneros y lo batió a velocidad supersónica. Elena gimió al ver las estelas negras que dejaba el vaso empañado al girar sobre sí mismo, como las aspas de un helicóptero. Miguelito largó al fin los dados. Apareció una escalera servida, pero de las que Timborato detestaba, con el uno detrás del seis. Elena sonrió, se dirigió hacia la mesa y prendió el televisor que emitió un sonido de módem.
–Hay alguien que te quiere saludar –le dijo a Miguelito, quien permanecía deconcertado por el juego servido. En el televisor saludó con una reverencia Olav Hakkonok, el Premier de Noruega:
–¡Gracias, señora Elena M. de XXXX! Usted me confió el secreto del amigo Timborato… ¡al que veo también presente! Observen...
Desde Oslo, Hakkonok mezcló los dados con los ojos cerrados y sacó una escalera real servida.
Un, dos, tres, cuatro, cinco. Elena y Miguelito escaparon en la Coupé Fuego del Círculo Militar. Esa misma noche, al Premier le llegó –de manos de su mismísima esposa–, una sumaria sentencia de divorcio.
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martes 2 de junio de 2009
En Boedo se hizo justicia
Por El Queso
Lunes 6 de septiembre de 2038
Se dio a conocer por los medios que, mediante la resolución 125/38, desde el día 1º de enero fue prohibida la venta con descuento y el famoso regateo en la venta al por menor. Ésta es una medida por todos compartida y que por tanto tiempo estuvimos arengando para que el municipio la promulgue. Más aún cuando un hincha fue violado impiadosamente por un canalla y vendedor ambulante que comercializaba llaveros en el barrio de Boedo.
Aproximadamente a las seis PM, se descubre mediante una investigación del programa “Filmamos, Filmamos y algún marmota engrampamos” (que se emite en el canal 216 de la empresa TODO VISION), un vendedor ambulante que ofrecía al público por la suma de pesos seis, llaveros de los principales equipos de fútbol de la Argentina con inscripciones que variaban desde el clásico dale campeón a “los de arriba son gallinas, los podemos alcanzar”, éste señor -si es que se puede decir señor-, al ver que un hombre de unos 37 años, de piel trigueña y calzado deportivo se predispone a pagar con diez pesos un llavero que llevaba los colores del equipo de la rivera y, viendo que no tenia cambio para darle, le ofrece infringiendo claramente la ley; la siniestra posibilidad de darle otro mostrándole disimuladamente y con gesto cómplice uno que decía “Boca Pasion, locura y desenfreno”
Esta persona, alertada por la producción del programa, le sigue la conversación y pregunta “¿que me estas regateando?” A lo cual el vendedor responde “No, es que no tengo cambio por eso te ofrezco los dos por diez”
En eso se apersonan cuatro uniformados que rápida y eficientemente logran desbaratar al malviviente y, luego de esposarlo, proceden a decomisar la mercadería que el delincuente traía consigo.
A veces siento que tal vez la tarea periodística nos hace pensar que todo es muy complejo y que la búsqueda de la verdad es una tarea por momentos imposible, pero son estas cosas las que, a los que amamos esta labor nos hace más fuertes y creer que un mundo mejor es posible. Dedico esta nota a mi madre, a mis colegas y a esos uniformados que día a día dan la vida por una sociedad más justa.
(C)2009 El Queso
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lunes 18 de mayo de 2009
Púdreman II (Los oriundos, la manopla y el ejército de larvas)
Previusly en Púdreman
–¿Doctor Michelle Liéu?
–El mismo.
–Mi nombre es Renato, jefe de este proyecto; soy el que ordenó los piedrazos a su ventana.
–Hubiera telefoneado.
El jefe Renato me pidió las jeringas. Palpé mi chaqueta, sorprendido: todavía estaban en mi poder.
–¿Dónde estamos?, pregunté al entregarlas.
–Al amanecer de Maputo. Y de la raza.
De inmediato, Renato inyectó el líquido de las jeringas en dos manoplas de titanio que culminaban en agujas. Salimos. Desde el jeep, vi ferias precarias que aún dormían, casillas sostenidas por ajena voluntad, zanjas de heces al cielo; todos uppercuts de miseria para mi imaginario cosmopolita.
–Este proyecto, por su magnitud, será conflictivo, pero también apasionante.
Desconocía de qué proyecto me hablaba. Del experimento no podía decir lo mismo. Mi propósito era unificar criterios a escala desoxirribonucleica, creando una generación tolerante a partir de los caracteres genéticos. Advertí al jefe.
–Con tanto trajín, es casi seguro que los reactivos se descontrolaron en las jeringas refrigerantes.
–Mejor así.
Después de varios médanos, alcanzamos una playa con sonidos de tambor. La arena blanca fue llenándose de gente. Conté más de una centena de oriundos dispuestos a cooperar. Llegaban, les colgaban un número y de inmediato, iniciaban un baile poseso. Vi piernas largas danzar hasta los dedos, sentí a los tambores retumbar en mi pecho. Aprecié cómo el sol se bamboleaba al compás del oleaje de voces. Eran gritos impacientes cuando el jefe Renato se plantó de espaldas al mar. El sol a su izquierda, luego a su derecha; se apagó en el agua y volvió a amanecer. Levantó sus manos: ellas exhibían las manoplas inyectables. Recitó una suerte de verbúm mirando al cielo y agitando las muñecas:
Sisteman has begin right!
Left Pudreman was here!
Here Was rights Pudreman?
Sisteman’s left has begin!
Las venas de sus brazos circulaban al límite. Sólo una manopla cayó en la arena, y el jefe bajó la vista en dirección de los oriundos. Apenas sonrió.
Los tambores se detuvieron. Todos dejaron de bailar y se observaron entre sí. Desesperaron. La suerte no acudió para ellos. La mitad menos uno corrió hacia el mar, metiéndose a zancadas entre las olas. Otros volvieron a su trabajo; todos a su destino. Renato contempló a los que nadaban. Los más alejados, mientras braceaban con fuerza, aullaron cuando sus miembros fueron desgarrados por tiburones hambrientos. Recuerdo los chorros escarlatas contra el horizonte, que se volvió purpúreo. Sobre la arena se proyectó una gran sombra. Una nube de pájaros silenciosos se desbarrancaba del cielo. Sus alas detuvieron el batir y el planeo se tornó insoportable. Los picos se clavaron uno a uno en el pecho de los que huyeron: hicieron un sonido hueco al traspasar la carne magra. Cuando nos aburrimos del espectáculo, el jefe y yo registramos al único muchacho que permanecía en la playa. Llevaba la cara pícara, expectante. Sus manos frotaban con ansiedad unos muslos flaquísimos. De su cuello colgaba el número setenta y dos. El universo pareció moverse en cámara lenta cuando el jefe Renato hizo un ademán e le incrustó la manopla, en una contracción interminable, haciéndole ver chispazos de dolor. Y el latido de los tambores volvió desde el mar. Cuando el jefe Renato retiró la mano, no llevaba la manopla. En el relámpago más profano de la acción, la colosal mano del negro estuvo dentro del muchacho.
Costillas abajo, en el centro del abdomen.
El joven setenta y dos se llamaba Didié Tze Tonga, y no murió: permaneció de pie, con los ojos en blanco hasta que la arena lo tragó. Descendió por catacumbas indigentes hasta chocar con las entrañas mismas de su realidad. Fue esclavo de esclavos en una fábrica de encendedores de mala terminación; viajó a una velocidad descabellada por los límites de la explotación, rodeado de luchas fútiles y rebeliones repelidas. Murió de hambre y volvió a nacer tres veces, sin hartarse del moebius terrenal. Se apartó de la cosmovisión monopólica, tuvo la certeza del bien común y fue castigado duramente por el delito de pensamiento; fue corrompido por agentes blanqueadores que pretendieron limpiar su pasado a cambio de un básico irrisorio. Le ofrecieron blanquear hasta la piel.
Fue Didié Tze Tonga en Mozambique, Doscientos Dieciséis en Filipinas, Natalia Natalia en Indonesia. Acarreó su sangre (su única propiedad) y se rehusó a derramar sangre ajena. Hasta que un barco de containers lo derivó en el puerto de Gúdwinds.
No tardó en adaptarse: allí todo parecía fermentado. Una niebla verdosa, apenas aguijoneada por edificios, rellenaba túneles y cafés. Los gusanos irrumpían en cantidad por los canteros, victoriosos. Muchos fueron aplastados por los pies de Didié Tze Tonga, quien no perdió la costumbre de correr descalzo por las banquinas. Consiguió trabajo de vendedor de cadenas de oro peruano, que tintineaban en su morral la tarde que lo aquejaba un intenso dolor abdominal. Venía del hospital, donde le recetaron Ibuprofeno y cuarenta y ocho horas de reposo.
Ya en el patio de la pensión donde paraba, extravió los ojos en el vaho. Unas ranas croaban camufladas en los juncos del baldío contiguo. Didié Tze Tonga procuró desenredar sus cadenas y contar los anillos por vender. Pero el dolor le hizo pensar en acostarse pronto, no sin antes visitar a Zusana, a quien amaba en una habitación contigua. Después de cumplir con el amor, entró con dificultad en la galería de los anafes tomándose el bajo vientre. Fue directo a la heladera comunitaria, extrajo una botella y bebió su contenido con avidez. Al regurgitar el último trago, Didié Tze Tonga tuvo una presión sobre la cabeza que nubló su visual. El mundo se llenó de fantasía, cuando acudieron a su organismo puntadas provenientes de un solo lugar.
Costillas abajo, en el centro del abdomen.
–¡Zusana, ayudáme! gritó, pero no fue escuchado. Se tambaleó por el pasillo hasta los baños comunitarios, chocándose contra algunos marcos de puerta. En su conmoción, Didié Tze Tonga entró corriendo al baño de uno por uno y se abrió el vientre, enterrándose la punta de un lavatorio cuadrado.
El dolor fue insondable: giró y cayó, envuelto en un grito antepasado. Intentando detener la hemorragia, introdujo su puño en la herida. Tocó una superficie fría entre sus vísceras. Las paredes se volvieron oscuras y los segundos, décimas. Sin embargo, todo adquirió sentido cuando se extrajo la sanguinolenta manopla. Y más aún, al colocársela exclamó:
– ¡Ya me pudrí!
Su barba creció sin parar durante tres metros. Encalveció en un instante y las uñas se le ensuciaron. Las ranas del baldío contiguo saltaron la medianera y fueron a su encuentro. Con las ropas de unos pensionados ex-linyeras, caminó erguido hasta su habitación y se diseñó un traje. Pero algo extraño le ocurrían a los objetos en su presencia. Se acostó y entre las sábanas, bajo su espalda, creció un extraño musgo verde, con alto poder de tumefacción. Durmió sin imágenes. Cuando despertó, observó iracundo a su alrededor: la habitación parecía una selva tropical fumigada con pesticida radioactivo. Las manchas de humedad, en las paredes, parecían cobrar vida cuando Didié Tze Tonga se acercaba. Fue hasta el baño comunitario a mirarse en un espejo; éste se llenó de burbujas que explotaron, haciendo saltar la pintura plateada. Caminó hasta la heladera y la abrió, usando las agujas de la manopla: Tuvo que retroceder ante el ejército de larvas que se había criado durante la noche. Fue a buscar a Zusana, pero allí no estaba. Advirtió que la pensión estaba desierta. Luego, retornó a su habitación y se acostó. Llevaba puesta una profunda depresión.
Prendió el msn news: “APARECIÓ PÚDREMAN”, era el titular con placa roja. “Los vecinos de una pensión de New Pompei abandonaron en la noche de ayer el establecimiento hotelero clase D. “Los vecimos aseguran que las paredes se derretían al paso de este sujeto –declaraba el Ombudsman de la ciudad, un hombre de bigote amplio. Mirando a cámara, culminó– Su propiedad corre peligro… ¡No permitamos que nos llene de inmundicia!”
Didié Tze Tonga tardó en darse cuenta que hablaban de él. Cuando lo hizo gritó:
–¡No! ¿Y ahora qué hago?
Continuará... lamentablemente
CPL.
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Etiquetas: Púdreman (parte II)
lunes 11 de mayo de 2009
Tengo el gusto de presentarles una nueva sección, la de mi amigo El Queso. Allí, El Queso compartirá los sabores que le dejan esta, su ciudad, por momentos desabrida, por momentos en salmuera.
Déjense llevar por las untadas imágenes de El Queso, y de ser posible, acompáñenlo con un cabernet.
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Crónica de Paternal en ruinas
Por El Queso
Como todos sabemos, Paternal es hoy por hoy uno de los centros turísticos mas grandes de Sudamérica, donde se despliegan la cantidad de cuarenta y un Restaurants de comida de autor y mas de doce confiterías bailables. Es, además, el lugar donde un alto porcentaje de turistas provenientes de Europa vienen año a año a disfrutar de sus vacaciones.
La última semana, como es de conocimiento público, apareció en el estacionamiento del conocido y exclusivísimo bar PaloKo una mujer Austriaca de 28 años de edad muerta con dos impactos de bala en la cabeza, cosa que generó gran alarma entre los turistas y la clausura por 45 minutos del afamado local nocturno.
Algunos atinaron a señalar a la famosa banda de los Petisos como autora del crimen, pero la pista mas firme es la que surge de la investigación hecha por la consultora del exitoso Daniel Corazón de León, quien a través del fono voto llego a la conclusión de que a la chica la mataron "para robarle un costosísimo encendedor", ya que la otra opción obtuvo el 46% de los votos con la versión de que “la mataron porque no aceptó jugar una partida de pool con un cabo recientemente ascendido de la comisaría del barrio”.
En base a esta investigación, el centro turístico más grande de la Argentina comenzó a experimentar una notable caída, de la que se cree no va a poder salir, y ya casi no se ve al turismo invadir la Av. San Martín ni mucho menos caminar por la peatonal Boyacá. Los comerciantes ya comenzaron a despedir gente y otra investigación de la misma consultora se anima a precisar con textuales palabras “El año que viene no queda ni el loro…¨ Como expresara el periodista Facundo Pastor en el programa del domingo pasado.
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miércoles 22 de abril de 2009
Amigos de Cuentosparalimar.com
A falta de facebook (Limar no me aconseja abrir uno), les presento algunos de los amigos de Cuentosparalimar.com











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Minimal política
¡Ay, Solange, cómo te perdiste la fiesta de las raíces! Si volvieses a tiempo, reconciliada con el origen, hoy serías una feliz sudaca, jajajajaja. Me apasiona lo que contás, que se haya sentido allá. Hubo un momento que todo fue explosivo, buenísimo. Como si los chinos quedaran al unísono sin aderezo para el chau-mien. Algo detonó, en todos, ¡hasta en mí! El día de la asonada me junté con Melva, que anda en la militancia. Estábamos viendo botas cuando la realidad nos atravesó por los cristales burbujeantes del local; un viento deslumbrante que sacudió las lámparas de diseño. La ancha vereda de Corrientes apareció alfombrada por panfletos de papel acerado, celeste y blanco. Podés imaginar que el celu me estalló de mensajes. Melva, mientras tarjeteaba unos tacos muy lobos, me invitó a la reunión que hacían esa misma noche en la unidad esencial. Me integré fantástico. Los caballos llegaban de a cientos, espoleados de plata y mucha cinta roja, sucias pero del polvo del camino. ¿Viste el link que te mandé? Desde ese momento, te juro, no paré. A las once en punto me conectaba con Melva y hacíamos conferencia con otras compañeras, como Perla de Almagro, una luchadora incansable, o Nelly, la Abollaollas, un nick muy bien ganado. Seguíamos las noticias al instante, y encima tenía tiempo para ver en qué andaba Lucas: siempre le digo (y es algo que te recomiendo) que se corra de la pantalla y me muestre dónde está. Por suerte, siempre en el colegio o en la pileta. Son muy lindas las columnas cromadas que instalaron; podrías volver y anotar a Josué; no tenés que preocuparte, ya pasó. Todo bajo control. El toro peludo habló fantástico, hasta nos representó. Morimos cuando planteó lo del lomo, el mismo que peló Melva. ¡Qué hija de puta! Es que se mata en el gym. Yo, no aguanto, voy una vez por semana. Es que Lucas me da tiempo sólo para hacer glúteos. Ahora te dejo, me voy a mirar las ofertas de candidatos.
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jueves 26 de febrero de 2009
jueves 22 de enero de 2009
El Plasma
Hasta hoy no hubo esófago que contenga el reflujo gástrico causado por la lectura de estas crónicas. Se trata de atribulados instantes, desvanecidos en el discurrir del mil novecientos cincuenta y cinco. La sociedad, dividida, reclamó justicia, acostumbrada a no recibir explicaciones por parte del líder, tampoco la exigió a los bombarderos. Sólo un periódico de la época abarcó el tema con el críptico: “El plasma ruso cobróse otra víctima; y van…”
Marzo 25
Jeebot Trailer estudia en la Facultad de Medicina, proveniente de Kentucky, al norte de México. Halló en la cátedra de Buenos Aires lo que tanto tiempo le llevó buscar por los colegios del mundo: prestigio y permisividad. Recientemente aficionado al fútbol, en la popular de River se cuelga del paravalanchas. Su padre, Robert Trailer, después de asentar al joven Jeebot en la ciudad, siguió camino hacia el sur, con la ilusión de echar raíces en unos baratos campitos, al borde de la Cordillera.
Esa mañana, Jeebot Trailer preparaba una monografía junto a una compañera de estudios en un bar americano, sobre la Av. Córdoba. Jeebot Trailer tuvo una necesidad, debido al efecto producido por las medialunas en comunión con el café. Antes de levantarse, preguntó a María Pía:
–¿Comparthims otr tostadou?
–No, gracias –un mechón de la rubia rozó su expresión. Rieron, llevados por el instinto se besaron; fugaces por el apuro de Jeebot Trailer, que se puso de pie, y circuló raudamente hasta el baño.
Apretado de esfínteres, bajó la tapa.
Sentada tres metros por detrás de la puerta del tolete, María Pía vio escupir de ella una ola de líquido rojo que bajó las escaleras del bar. Hubo gritos en las mesas de abajo. Un empleado abrazó a la rubia compañera de estudios, que entró en shock. La mano del empleado llegó a abrazar su pecho. Otro empleado entró velozmente en el baño con un bate de béisbol, en posición de ataque. Recibió una abrumadora lluvia de venas y arterias que decoraron los azulejos. El Empleado vio a Jeebot Trailer casi dentro de la letrina, con los pantalones bajos, totalmente absorbido, sin ningún líquido en su interior. Ninguno. No se olviden de Jeebot Trailer.
Abril 30
A Juampa lo caló el ofri de la garúa sobre Corrientes, enguantado. Le compró al pibe el diario: la sexta. Junó el repicar de los caballos sobre el empedrado; los faroles titilantes, la ingenuidad idealista, la existencia de próceres peleados por bando.
Jampa clavó las hampas en la puerta de la pizzería. Adentro eran pibas, no para galantear con ninguna. A lo sumo con una, pero tiene nombre y allí no estaba: Mónica. ”Ay Mony, qué buena que estás”, pensó Juampa, mientras se morfaba de dorapa una fugazzeta al plato, y en la yeca los pibes fracturándose la nariz contra el cristal. Se escuchó un botellero, pasó el afilador y se cortó la luz en la pizzería. El mozo de la caja masculló “No otra vez”, y clavó un porta madeja de hilo en una grande de verdura y salsa blanca. En la oscuridad confusa que genera el resplandor de las luces del exterior (enfrente, en el B.a.u.e.n. había luz) Juampa sintió miedo por primera vez. Pensó en Mony y en los pibes: “hay que ayudarlos a hacer la tarea”. Y emprendió el camino de regreso, cuando la agitación de los comensales creció desproporcionadamente. “Espero haya luz en casa”, pensó Juampa, y tomó la manija de salida.
Se hizo en la pizzería un silencio repentino: el cuerpo de Juampa se hinchó a una velocidad abrumadora, casi atómica. Y estalló provocando una batería de huesos crujientes, que generaron grandes daños al clavarse en ojos y cuellos. Y estalló provocando una tormenta horizontal de piel y líquidos internos, que ingresaron por alguna boquiabierta madame. Y estalló provocando el pánico y la indigestión de unos cantores en la sobremesa, que lo menos que pudieron hacer fue devolver la comida.
Junio 14
Día de baile en barracas al sur. Lámparas de treinta como luciérnagas que hacen una coreografía inmóvil. Columnas hendidas y tejas rechinantes de enduído y cascarudos. Tres madres recibiendo las bebidas en la mesa de postres y mucho, mucho candombe frenesí. El morocho Pedrazo sintió retumbar el empedrado al traqueteo de unos cascos, y a los empellones se apresuró a llegar a la barra, donde lo esperaban con una Hesperidina y un pastel de mermelada. Saludó a sus amigos, Tito y Rolo:
–¿Y muchachos, vienen las pibas de Parque?
–Ni me hablés –dijo Rolo–, me dejaron de garpe en la esnaderqui. Una hora las esperé y las turras ni un yamado.
–Dejálas –intervino Tito–, que con las namis que hay acá nos hacemo’ una sapartu.
Los tres se dieron vuelta para encarar y la música empezó a fallar. La multitud dejó de bailar al instante y se vio desde el cielo cómo las polleras corrían hacia la derecha, en busca del cobijo de sus madres. Y a la izquierda, los muchachos, que buscarían luego el cobijo de la puñeta. Vino una brisa que heló la sangre de todos los concurrentes, y el morocho Pedrazo pudo percibir como su cuerpo comenzó a derretirse. Empezó desde los pies, que devinieron en una pasta espesa. El espanto fue interminable. Con velocidad se licuaron sus piernas y también su torso, volviéndose de bruta masa aguachenta la musculatura y los huesos. Así se deshizo hasta la cabeza, en segundos. Su amigo Tito sacó el facón y apuñaló a Rolo. Según su emoción violenta, Tito declaró que Rolo era culpable porque “esto con las minas de Parque no pasaba”.
Octubre 3
El humo de la plaza había llegado a los balcones. La pestilencia de las extrañas muertes creció a medida que los días avanzaban hacia el inexorable descuajeringamiento general de la producción. Reunido con su flamante gabinete, el comandante en jefe vociferó:
–Son muchas muertes inexplicables… algo hay que hacer para modificar los blancos.
El ministro de seguridad y guerra se puso de pie:
–Señor presidente, sabemos que se trata de una máquina rusa de tele transportación. Fallada, por supuesto.
El hombre del sillón arrugó el ceño:
–Continúe.
El gabinete militar en pleno, inició el conteo descendente a viva voz: 9 – 8 – 7…
–Continúo… La máquina tiene mecanismo fotosensible, fue diseñada por primera vez en mil novecientos treinta y seis. Pretendían llevar a la práctica la desmaterialización a través de los postulados del alemán este… ¿Cómo se llama?
La sala permaneció en silencio.
–No importa. Ahora quiero que vean esto –prosiguió el ministro mientras enarbolaba un informe de inteligencias–, es fundamental que demos a conocer a la prensa que en el año mil novecientos cuarenta y dos, los rusos le vendieron la máquina a los yankees en forma clandestina. Los americanos elevaron la tecnología, pero cambiaron el propósito inicial, transformándola en un móvil de destrucción a distancia. Puede modificar las moléculas de un espacio determinado, y tiene la capacidad de cooptar el objetivo de ataque con gran precisión…
El primer mandatario no dudó:
–Veo que maneja “inside information” – sonrió. El gabinete en pleno sonrió y de inmediato todos rieron con risa contagiosa. Rieron a gran carcajada; risas que retumbaron en los pasillos y se deslizaron en el viento hasta Paseo del Cólon.
El ministro de seguridad y guerra que intentó la explicación a aquellos fenómenos sintió un leve ardor en todo su cuerpo, que inmediatamente devino en la sensación de ser cortado por múltiples bisturís. La totalidad de su materia de dividió en cuadrículas sanguinolentas de dos centímetros de diámetro. Fue atestado por un zumbido infrabordó que lo sumió en la más rotunda y completa muerte. Su otrora humanidad quedó reducida a un grupo de cubos de carne. Ante el rumor de la mesa, el jefe invasor declaró al auditorio con solemnidad y sorna:
–Tenía razón. El plasma es una máquina rusa.
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Etiquetas: El Plasma
miércoles 7 de enero de 2009
martes 23 de diciembre de 2008
Aquí en Plutón, a Papá Noel le decimos "Santa Tos". Todos los años pasa volando en su cuatrineo de propulsión a humo. Santa nos hace toser hasta olvidar las trivialidades, y encima nos bate un mensaje de hermandad.
¡Feliz 09, terráqueos!
desean
Limar y Reno 
Santa Tos, el papá noel de Plutón
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jueves 11 de diciembre de 2008

Este dibujo podría decir mucho, o podría no significar nada.
No se, Nada... :/
¿Que qué significa para mí? ¿Y para vos?
¿Algo?
Nosotros los posmodernos, preferimos callar y decir...
No sé, nada...
Dibujo de Joaquín Torres García
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Las crónicas de Púdreman ( I - El negro, las jeringas y el doctor)
“El ser humano se halla a medio camino
entre los dioses y las bestias”
Plotino
El 19 de diciembre pasado llegó a nuestro suburbio un archivejo extraño y bastante inescrupuloso: un manuscrito en clave. Su autor es Michelle Lieu, un irrefutable neuroanatomista francés. Nos induce en la versión paralela a los hechos ocurridos en la ciudad de Buenos Aires en diciembre de 2001, los cuales indican afirmativamente que durante diez días tuvo otro nombre, para mantener su soberanía convertible y de curso legal. Mas leamos a Michelle Lieu:
*
“Ése día, antes del ataque a mi laboratorio, creí haber desgajado la última cáscara del hombre. Por años especulé, febrilmente, girando sobre mi tesis: “si logro un cultivo que anule primero y fagocite después los impulsos sinápticos opuestos, llegaré al utópico Principio del PCC (Pensamiento centrado concreto)”. Una entrada distinguida a la plenitud de la humanidad.
Al amparo del formol me esperaban dos hemisferios de masa encefálica. Hundiendo el escalpelo hasta la región primitiva o “cerebro reptílico” –centro de las conductas rituales, territoriales y agresivas–, extraje la sustancia gris. Luego, puse mi atención en la glándula pituitaria, matriz del “cerebro límbico” o medio, regulador de las funciones senso–perceptivas o emocionales. Reuní muestras de cien cerebros, relacionando entre sí a las células de idéntica región, y levanté la temperatura de los cultivos. Tenía la certeza de poder aislar la materia de ambos grupos y fortalecerlos hasta volver sus ideas, insobornables.
Por el ventanal de mi estudio, disfruté de un crepúsculo nubloso en Saint Étienne.
A través del microscopio, analicé las cepas de pensamiento. No solo no se amalgamaban, sino que las mismas clases celulares, evolucionaban velozmente hacia la interdestrucción. Sin importarme siquiera la posibilidad del fracaso, subí abruptamente la temperatura hasta los 240ºF, fue cuando se formaron los microhomúnculos.
Fascinante, pensé. Duplicarán mi presupuesto, me tentarán con terrenos en Basora y mini tarjetas de crédito. Es comprensible… Mi trabajo hacía realidad el específico de las ideologías inyectables.
Coloqué los microhomúnculos en dos jeringas térmicas, bien identificadas con las etiquetas Límbico y Reptílico. Mi propósito era llevarlas al Congreso de Neurociencias, en Praga al año siguiente. Antes, estudiaría las nuevas cepas de pensamiento, su capacidad fagocitación y condicionamiento a células de cerebros ajenos. En ello estaba cuando el ataque ocurrió.
Escuché chasquidos, adelante, en la casa. Parecían ser muchas las piedras rompiendo mis ventanales, contra un fondo de portazos y botas rechinantes. Sobresaltado, trabé las compuertas del laboratorio, tomé las jeringas térmicas y corrí.
Intenté escapar por el jardín. Mientras esquivaba unas reposeras, en la pileta enmohecida se reflejaron unos fuegos de artificio. Que yo sepa, esa noche no había nada que festejar. Salté un tapial y me aventuré por el pasaje Jaboulay. Me aprehendieron en éste y el Bvd. Montpellier. Bah, me invitaron a subir al auto y accedí, algo que comúnmente se hace a punta de pistola.
En el auto me encapucharon cual terrorista. Acomplejados… creí de ellos. De todos modos, mío fue el error: tuve que haber aceptado las acciones de oro, los terrenos, vender la licencia y abrirme.
Pero me involucré. Hasta el final.
Privado de la visual, mi cerebro interpretó sonidos de furgón, de bar, de avión, de ruta pedregosa. Cuando tuve sed, me dieron algo parecido a un daiquiri de kiwi, aunque con poco alcohol. Cuando al fin me quitaron el tabique, tuve de frente a un hombre de tez mineral, altísimo, de mirada penetrante. Me sonrió, llevaba los dientes de oro. Sus dedos eran como racimos de bananas. Vestía una gran bermuda verde, con motivos de pipas envolviendo hoces. Traía puesta una camisa con logotipos de los laboratorios que había rechazado. Comprendí.
–¿Doctor Michelle Lieu?, preguntó el gigante hombre negro.
–El mismo.
–Mi nombre es Renato. Soy jefe de este proyecto. Además, he sido yo quien ordenó los piedrazos a sus ventanas.
–Hubiera telefoneado…
Prontamente, más crónicas.
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Etiquetas: Púdreman (parte I)
miércoles 3 de diciembre de 2008
El Candazo
El nene tenía cinco años la primera vez que vio al Candazo. A pesar del repicar de su dentadura de leche, se quedó espiándolo a través de la rendija de la persiana. Después de un rato se puso a gritar. Reflejado en el portón de la cochera, en la casa de enfrente, el Candazo se desvaneció cuando el camión de la basura atravesó la bocacalle. Los padres hablaron delante del nene acerca de voces en las paredes y pesadillas que causan sonambulismo, pero la imagen de ese bicho era demasiado.
El grito del nene siguió acompañado de su llanto, cuando el padre irrumpió en la pieza, atornillando el tabique en el entrecejo. Sin pedirle que le cuente lo que había visto, lo increpó por el susto que le había ocasionado a la madre. Llorando sin consuelo, el nene trató de explicar los motivos, pero el padre no se lo permitió y le atizó un cachetazo, seguro de poder serenarlo. Su misma mano después bajó la persiana: el estruendo de las maderas al caer, una sobre otra al unísono, sonó a disparo de metralla el eco de la cuadra.
El silencio que sobrevino no trajo ningún alivio.
La pieza del nene se volvió oscura, tan oscura como las pasadillas que venía teniendo. Se quitó los zapatos con velocidad, pisándose un talón con el otro pie, y se acostó.
Soñó que despertaba en su propia cama, que se hallaba sobre un piso de cerámicos hexagonales. Desde la puerta de la habitación asomaba una luz blanca –de día, pero aun más luminosa–, inundando las paredes vacías de pósters y llenas de pelusa. La puerta se abría lentamente y en el rellano, un brazo irrumpía para deslizar una esfera vidriada en el suelo. La bola despedía un sonido agudo, muy difícil de soportar. Apenas daba pequeños saltos en las juntas de los cerámicos, sin detenerse ni cambiar el rumbo. Se dirigía hacia la cama del nene, quien se veía a sí mismo desesperado, cubriéndose con sábanas, encapuchándose los oídos. Sobre la losa resbaladiza, el chillido de la bola no menguaba, se hacía más estridente, hasta que se convirtió en el Candazo. Se hizo tan grande que ocupó toda la habitación.
Crispado, el nene despertó y con su nuevo grito, despabiló a las voces en las paredes, que hacía ya tres noches no molestaban a sus padres.
El padre era propietario de toda de la casa; incluía un contiguo ph completo y el primer piso. Desde la puerta de uno de los departamentos, justo en medio del pasillo descascarado, llegaba el sonido de los integrantes de una numerosa familia que alquilaba. El padre decía que se parecían a una tribu. De hecho los llamaba así, como también llamaba “El lavacoches” al vecino de enfrente y “Tom Bofetón” al de al lado.
Todavía impresionado por el sueño, el nene apoyó un oído en la pared, y del otro lado, parecía que “la tribu” estaba sacrificando un asno que se resistía a morir. Hasta que por fin el jefe culminó el acto, dedicado a no pagar nunca más el alquiler. Pero como no eran malas personas, hubiera sido normal que la escena del asno la estuvieran viendo en la televisión.
El padre no lo dudó: al otro día contrató a un Pai que llegó a la casa con una mujer muy seria, que cargaba cajas con velas llenas de rojo. “Es contra la envidia”, le dijo a la madre mientras le colgaba tres rosarios en el cuello, invitándola al clímax esotérico. El nene observó la escena con la boca semiabierta, confundido quizá con las luces del circo Rodas, que todavía andaba por el barrio. La Mai rompía las velas contra la pared diciendo unas oraciones, mientras que la madre las iba juntando en diarios. Un reguero de velas rojas contra el zócalo, y el padre corriendo los muebles para todas las paredes poder desexorcizar. En el patio trasero, que daba al pulmón del terreno sembrado por más departamentos, hicieron un fuego que despidió chispas, y muchas prendieron en las medianeras de fibra de vidrio que daban a la gran escalera central, que lindaba con la cocina de la “tribu”, según el padre.
En la mañana, la casa olía a mirra e incienso; aún parecían resonar las exhortaciones del Pai, que llamó a no escuchar las voces en las paredes. Le aconsejó al nene no mirar por la ventana, le causó gracia cuando le nombraron al Candazo y dejó su tarjeta, por si había que limpiar en un mes.
En la escuela, el nene hacía dibujos. Un juego de crayones apretujados en la cartuchera servían para darles color. Pero en cuanto sus compañeros querían ver qué hacía, tomaba un crayón y enseguida ennegrecía la hoja hasta destruir la figura. Mientras la maestra explicaba fracciones, logró bosquejar algo que lo alarmó. Para no gritar en pleno aula se tomó la boca con las manos, pero como esta misma acción le causó alguna gracia interna, soltó una contenida risotada. El nene tuvo una nota en el cuaderno, y sus compañeros rieron de él. A la salida los recibió una copiosa llovizna y un combate organizado sotto voce, donde siempre a último momento el nene se enteraba que tenía que pelear. Mientras le pegaba a Marcelito, su enemigote por imposición, sentía el fervoroso apoyo de la clase. Pero cuando este le estampó un zapatillón en el pecho, todos vitorearon también.
Tomó el rumbo de su casa fatigado. Faltándole una cuadra y los crayones para llegar, imitó la firma del padre acusando recibo de la nota, y el cielo se encapotó peor. Casi corrió buscando el refugio de la merienda al tiempo que las gotas comenzaban a golpear los techos de los taxis, apostados detrás de una lúgubre estación de gas. Cuando pisaba la vereda de su casa, se sorprendió al contemplar casi una decena de barquitos de papel hechos con diario, ya maltrechos por el remolino de la bocacalle. Perplejo, recordó que la última vez que llovió había montado unos barcos como esos, anhelando que el agua lo lleve de travesía hasta el gran río, por el entubado arroyo que no tardaría en volver a rugir. ¿El Candazo viviría allí?
El nene tocó el timbre de su casa justo cuando la lluvia ya mojaba su mochila repleta, y la madre después de un rato le abrió. Lo esperaban pan con manteca, chocolateada y en la tele el batman club. Afuera, el cielo caía hasta que la noche le aportó un tono sauvignón, con centellas alumbrando el cortinado de agua que se peleaba por meterse en los desagües. Por las dudas, el padre instaló la compuerta, atornillándola a los hierros que sobresalían de la puerta principal. Ocho tuercas con sus machos amuraron la entrada, pero no bastó para apaciguar a la madre, que se agarró de los pelos de su blanca cabellera de tres décadas, y le encomendó a los santos que detengan el temporal. También se prometió ir a misa no sólo en viernes santo y nochebuena, aunque la madre decía que no iba porque la miraban mal. Un tapón saltó en la caja de luz y lo mismo ocurrió en todas las casas de la cuadra, hasta el alumbrado público sucumbió a la oscuridad. El padre blasfemó con el destornillador en la mano; diatribó contra el barrio y la vida en mute, ya que el ruido de la lluvia acustizaba los insultos que el nene, replegado en su pieza, no llegó a escuchar. Por debajo de la compuerta, el agua insinuó brotar después que el cordón de la vereda dejó de ser real para formar parte del todo. Fue entonces cuando el nene temió como nunca que desde el agua asome el Candazo. El agua trepó en silencio y a gran velocidad. Desde la avenida, llegaron mareas que poseían más fuerza que la otorgada por los colectivos. Aún fue peor cuando la tapa de la boca de tormenta cedió ante la presión, y el reflujo arruinó las carrocerías y los cortinados metálicos. Un relámpago azul iluminó hasta el pasillo contiguo y la entrada de la cochera, en la casa de enfrente. El agua subió, subió hasta que la compuerta rebalsó, ingresando en una vertiente de caos y pestilencia. Por asalto tomó todos los rincones y sorprendió al nene, quien, desde el ventanal abierto de su pieza, trataba de no mirar el portón de la casa de enfrente. Se distraía armando barquitos de papel.
Cuando el agua terminó de subir, sobrevino el silencio en todo el barrio. Los rostros grises de los vecinos en la penumbra, con la vista fija clavada en el agua, parecían querer entrar en sollozos. El padre caminó con el agua en las nalgas, haciendo un gran esfuerzo hasta la avenida, donde levantó los brazos y recitó –en voz “locomotora”– unos versos que había escrito en el baño, después de meterse en la casa con la embestida del agua:
“…¡Quien les hace creer otros “destinos”...!
¡Frenéticos… “inquilinos” del terreno!…
Ahora me “invaden”… En eso coincido…
nunca “denosté”… el “yugo” ajeno…” 1
,recitó hasta que unos vecinos lo silenciaron.
En la casa, el nene vio cómo la familia que alquilaba en el medio salió a la vereda en fila india, dispuestos a desalojar al intruso a secadorazo limpio. El jefe de la familia (de “la tribu”), con una panza alimentada a razón de doce horas de colectivo, saludó al nene con un ademán cordial y se aprestó a llenar un balde. Con medio cuerpo afuera de la ventana, el nene llegaba a tocar el agua, que aparentaba bajar su caudal y tenía ahora una textura aceitosa. Cuando levantó la vista del agua, otra vez tenía de frente al Candazo.
El agua cedió su caudal y estaba allí, parado sobre la vereda opuesta, justo delante de la cochera. El nene pudo escuchar los huesos crujir cuando comenzó a estirarse. El Candazo lo observó con fijeza a través de sus pupilas felinas y avanzó hacia el jefe de “la tribu”. Parecía un caballo con piel humana, y sólo la cabeza era de pantera. Algunas crines negras caían sobre el lomo blanco, coronada en una columna huesuda y llena de lunares. El nene se horrorizó cuando vio sus patas, que en verdad eran manos, tanto de atrás como de adelante.
El Candazo trotó sobre el charco del pavimento, gruñó al chofer de colectivos y dobló por Tres Arroyos en dirección al triángulo de la avenida. El resto de la familia inquilina permaneció indiferente, sacando baldes llenos de agua del pasillo. El nene corrió a sentarse sobre la mesa del comedor. El barro había tapado el suelo de cerámicos hexagonales. Escuchó un chillido agudo que le hizo recordar la bola de vidrio. En ese instante, volvió la luz y también regresó el padre de la esquina. Traía consigo una expresión brutal.
Sacó la compuerta con premura y le contó al nene que había recitado una poesía, mientras se limpiaba el barro que se le había pegado en las manos. Le dijo algo a la madre, al oído, mientras sus pupilas volvían a la posición horizontal. La madre bajó las persianas con un gesto de conmoción y mandó a dormir al nene, que se quedó pensativo.
Esa noche, el nene no soñó, y sus padres nunca más supieron del Candazo.
Al nene, algunas noches de descenso, lo sigue visitando.
1 Con exceso de comillas y puntos suspensivos en el original.
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jueves 27 de noviembre de 2008
(alt + 16) Adoquines de Buenos Aires
Los has visto allí, encimados, como festejando un gol de Román.
Construyamos el Castillo soñado en La Paloma, o empedremos el campo...
Qué placer da el masaje vehicular sobre unas piedras bien colocadas.
R.L., San Cristóbal, noviembre 2008
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Relato desesperado acerca de los últimos momentos de Pancho Estértor
Antes de irse, Francisco Estértor revisó sus doce letras, la higuera del patio y el contenido de sus calzoncillos apolillados. La noche anterior, más de quince veces se abrazó al televisor; la superchería de los avisos comerciales le hizo perder la templanza… Y qué quilombo armó en su mansión derruida de Barracas.
Desempapeló las paredes, desgajando las tiras con motivos arabescos desde el zócalo hasta que hizo llover el enduído. A mazazos suprimió columnas, dejando que irrumpan unas vigas en metal vivo. Hurgó en cajones los fósiles de sus romances, recargados en humus y ribetes de clavel rococó. Y leyó.
Leyó la última tarde y el patio quedó prendido en el color del crepúsculo. Fue hasta el patio y galopó sobre la parrilla –un tanque soldado–, revoleando una cuerda de grasa hasta enlazar el lavarropas. Domó su destino, como buen romancero emparedado, enamorado del amor. Su chaveta voló, voló en cada oportunidad de obsesión. Divagó, coqueteó, hizo gala de su barroca charla. Declaró: “Amigas sin dobles intenciones: corten los circuitos por los que circula la dignidad de Pancho Estértor, el hombre que mueve los engranajes de sus egos ciclotímicos”.
Pancho, Re Pancho Estértor presume impetuoso que sus palabras contienen feromonas irresistibles, líquido de amor que incita y sobre exxxcita hasta el híper orgaSSSmo. Seductor empedernido hasta la arcada, sirve a su paso situaciones de cama entre plumones de algodón. Sospecha que la imagen de sus besos se cruza con el pensamiento envasado al vacío de las comprabotas en la Pacífico. Sospecha de esos pechos que ganará sus afectos diciéndole al oído: “la pasé mal de chico… (cerradita de ojos), pero ahora, my babe, ¡a xxx que acaba el mundo!”. La chaveta de Pancho Estértor voló. Voló, voló.
Pancho Estértor, antes de irse dijo unas palabras. Tenía doce canciones, una higuera en el patio y calzoncillos apolillados. Se sentó en el techo para ver qué pasaba. Cayó, lógicamente. Se resquebrajó la cabeza del golpe; después cayó la silla, apoyada al lado del martin & martin de tres velocidades. Vislumbró que dado vuelta no podría alejar a los fantasmas, así que decidió enfrentarlos. Pero bien, civilizadamente.
Invocó a todos: el sacristán, la japonesa, el maestruli, todo el coro; las empanadas de frambuesa, las cornadas, Benicio del Toro. Vinieron algunos. Lo perdieron; se perdió, se transmutó, viajó al melanco-pasado. No hizo todo lo que había hecho, volvió al presente; ahora sí: su vida era un embole.
Pancho Estértor se agrisó. Se agrisó se agrisó. Su casa toda blanca llena de cruces y suplicaderos. ¡Y las mujeres lamiendo el cirio ajeno! Insertó una moneda en el confesionario y se sinceró. Era inocente… pero se sinceró. Contó que además de bicho raro lo miraban con sorpresa. ¿Admirar a un bicho raro? Porqué no. Porque no. Pero porqué no. Porque no. No es no, no y no. Ahora bien, Pancho Estértor se fastidió. Volvió al pasado, hizo todo lo que ya había hecho una vez. Y volvió.
¡La casa otra vez un quilombo; la maza en sus manos, claveles rococó!
Una pregunta se instaló en su mente: “¿Fue la última vez que pude volver?” Se desesperó; ¡creyó que las paredes temporales se hacen permeables de acuerdo a la mezcla cementicia! "¿Realmente fue la última vez que pude volver?" Sus ojos se abrieron, grandes. Se afinó; se apretó las clavijas, se peinó, luego delinquió en sus cajones.
Delinquió delinquió: se robó la documentación. Corrió por el barrio con una increíble cantidad de papeles entre las manos; llegó a la plaza y los quemó. La plaza era una quema, con espacios de tierra donde los arcos se travesañéan cuando los poros de basura se hartan de ser, y devienen en géiseres de mugre.
Y quemó, se quemó. Volvió. Se sentó en su sillón de contemplar el mundo. Sintió, se apesadumbró. Se termeó unos mates. Y contempló.
Contempló contempló contempló con-templó los arcabuces de bisutería de los guerrilleros, las granadas vencidas de gas lacrimógeno, las fábricas que explotan, las chapas que vuelan, los subsidios que se otorgan, los pecados que no se perdonan, las jodas que no se toleran, la gente que se queja.
Gente que se queja.
¡Que se queja!
Se queja…
Que jamón cocido se comió Pancho Estértor. Estaba un poco pasado (la heladera que no funcionaba hacía un mes…), pero no se quejó, lo acompañó con una galletita de agua húmeda. Luego vaciló sobre los extremos. ”Si no tengo un discurrir florido, tengo uno gris”
Tengo uno gris, sino florido.
“Y ví cerveza”, gritó Estértor. Se abalanzó sobre el aire, tomando un chopp imaginario. Se chupó la espuma de sus labios, después de refrescarse ahhhhh. Luego eructó beeerp. Y más tarde se pedeó prrrrrr. Antes de irse, fue un chabacano eficaz. Recordó miserias de uno y otro discurrir. Hizo lo que sintió, y si no le pegaron unos tiros es porque zafó: “Imposto mi postura para no pastar en vuestros pastizales”, declaró sentado en el trono de sus aturdimientos. Luego apretó el botón, y el trono arrancó por la ciudad. “Chau, querida, chau los quiero, me voy”, saludaba feliz Pancho Estértor a las masas abstraídas por los bocaditos Ferrero Rocher. Sobre el trono rumbeó hacia el oeste; recorrió la ciudad, el campo, las montañas. Pasó los volcanes, visitó las valles, llegó a las bahías. Bordeó los fiordos, tomó sol en las dunas. Y envejeció.
Envejeció envejeció envejeció envejeció mucho más rápido que el mundo. El viento de la vejez arrasó las dunas a su alrededor, pero no su trono. El siguió impoluto, a excepción de la vejez. Que lo hizo arrugarse y volverse cadáver y erosionarse y desgastarse y quedar a expensas del viento y sonreír con mandíbula a tope al contemplar el crepúsculo y ver el amanecer de espaldas y por los cuencos de sus ojos entrarle la tierra y por los agujeros de la cadera entrarle unas cuerdas que lo tensaron en direcciones opuestas y permitieron que sus huesos den la vuelta al globo y se vuelvan a juntar con la experiencia de los polos y los trópicos recorridos.
Pancho Estértor se regeneró. Se regeneró en generación degenerada por sus genes que le gratificaron grandes genitales. Gimoteó cuando el soplo de la vida le devolvió los músculos, los órganos y la piel. Y retrocedió.
Retrocedió retrocedió retrocedió retrocedió retrocedió retrocedió retrocedió sobre los Andes; llegó a Mendoza. Corrió por la ruta sin parar en los parajes. Saltó las colinas colmadas de camelos.
Y sublimó la superchería de los avisos comerciales.
Y se ensañó con ser un sueño de ceño fruncido.
Y transitó en pelotas, atravesando las aspas de energía eólica, los monstruos de acero que sostienen cableados, los trigales, los ribetes de clavel rococó, los campos de cuerpos, el vacío infinito.
En su mansión derruida de Barracas, revisó sus doce letras, su higuera del patio, sus cajones vacíos, sus calzoncillos apolillados; la mezcla cementicia, los fósiles de sus romances, su ideal subrepticio.
Y antes de irse, Pancho Estértor volvió.
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martes 18 de noviembre de 2008
Involuta
Wake up, Mercy…
19/11/01 23:40
El oficial Velázquez observó al detenido con dureza. Luego, formuló preguntas que escapaban la rutina:
¡¿Quién le vendió la motosierra?!
¡¿Llegó a leer lo que decía el libro miniatura?!
El cursor titiló sin caracteres en el monitor. Todas las venas se dibujaron posibles en la frente del esposado, quien mostró una expresión que detrozaría cualquier tensiómetro. La sala de interrogación era un jardín de cables y elementos de precisión. El oficial Velázquez dio media vuelta una silla metálica y se sentó, haciendo un ritmo de Bossa’n Stones con los pies. Amenazó:
–Buoh… Si no colabora…
Era necesario se declare culpable. Sin esperar respuesta , el oficial conectó dos ventosas en los antebrazos del detenido, cuyas prolongaciones o cables se perdían dentro de una pared. Del otro lado del vidrio, el técnico criminalístico Marshall Gattenzo sorbía un tiznado café:
–Ahora verán que habla… –murmuró.
De pronto, la mano de Gattenzo apretó inconsciente el vaso de plástico y el café se desparramó en el piso. Hizo foco en la cabeza del esposado, donde brotaba un humo rojo. Sentado en una silla corroída por termitas y en contra de su voluntad, la cabeza humeante hizo realidad su profética misión.
Había leído las palabras del libro.
Dos letras desgarraron su pecho desde adentro, en tres grandes tajadas. De inmediato se levantó rompiendo todo y palpó su pecho: la respiración brutal y la certeza de que ser llevado por una pulsión irrevocable, un impulso thanatico prefigurado y brutal. Abrió su mirada, corrió y se arrojó de cabeza contra el espejo, con una fuerza tan sobrenatural que el vidrio simplemente estalló. Con el mismo impulso prosiguió su camino horizontal en el aire, llenando de sangre su rostro y sus brazos. Alcanzó con sus manos el cuello del técnico criminalístico Marshall Gattenzo y lo giró hasta romperlo. Con prontitud, el oficial Velázquez apuntó al poseso y lo mató. Su sangre y la de Gattenzo borraron de una vez las palabras del pequeño libro.
19/11/01 18:57
Llegó a su departamento disgustado. Había pasado tiempo desde el génesis en su insípida búsqueda de horizontes. Y su dedicación actual era el regocijante sufrimiento que causa lo improbable. Levantó la persiana y prendió una hornalla, convencido de preparar una depresiva infusión y escuchar una y otra vez un disco de Coltrane. Tildado observó la heladera, de donde pensaba extraer un sachet para beberlo del pico. Cuando iba a abrir el congelador, una de las persianas se desenrolló y cayó con un estruendo. La levantó; se quedó contemplando en la ventana cómo las personas parecían enanos desde el cuarto piso.
Salió del letargo cuando el departamento comenzó a latir. La sorpresa se transformó en temor cuando advirtió que dentro de la heladera, en apariencia, había algo vivo. Los latidos crecían al ritmo de su miedo. Escuchó golpes intermitentes dentro de la heladera. De inmediato, se reprodujeron en su estómago las vibraciones de un clavicordio que provenía de la nada.
Caminó sobre baldosas móviles hasta la heladera. La abrió.
Su rostro tomó expresión de pánico y retrocedió, presa de nauseas. Dentro de la heladera había un brazo, seccionado desde el hombro, cuyo puño golpeaba frenéticamente una chapa desvencijada. Era un brazo estilizado, con largos dedos y las uñas pintadas con esmalte de brea. Sostenía algo entre las extremidades contraídas. Después del shock, se recompuso y trató de averiguar lo que había entre los dedos. Era un libro de tamaño miniatura. En el lomo leyó “In Persecutione Involuta”. Lo abrió:
“Victimario destino Involuta: jamás Víctima. Victimario-Involuta-Víctima. Orden puede variar: el Victimario vence. Involuta descansará en paz con venganza de Víctima. Víctima-Involuta-Víctima.VictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictimaVictimavictimariovictimavictimavictima”
No comprendió aquellas palabras, pero tampoco pudo pensar: un sonido de motosierra irrumpió en el baño. Corrió hasta allí, tiró del picaporte, desesperando: no abría. Escuchó gritos, paulatinamente devinieron en chillidos. Parecía mucha la gente adentro del baño, corrían en círculos por las paredes y el techo. Del otro lado de la puerta, llegaron opacadas las risas de unos niños supuestos. Con un martillo golpeó el picaporte, pateó la puerta y entró.
Reconoció el par de piernas que colgaban en la pequeña ventana de la ducha, secándose al sol.
Reconoció el torso flaco sobre el lavabo, con un único brazo, bajo los filos de una motosierra aún caliente; un reguero de aceite hasta el inodoro, donde yacía una cabeza boyando en el remolino continuo. En su frente, dos letras en tres tajadas:
I V
Después de tomarse la boca, juntó las partes del cuerpo y lo abrazó, llorando. Mercy, su enamorada incomprendida. Alcanzó a escuchar unos golpes en la puerta de su departamento. Después, no escuchó más nada.
19/11/01 12:15
–Ya te dije… ¿te gusta que te humillen? Fue lo nuestro, no llames más.
–Pero… me conocés: soy como una flor que se enrolla hacia adentro, toda llena de amor para vos. Ya nos reconciliamos doce veces –argumentó Mercy–; no me podes dejar así nomás, yo hago lo que quieras por vos ¿entendés?
–Aguárdame en línea –respondió el técnico criminalístico Marshall Gattenzo. Luego tomó otra línea, marcó un número y preguntó en lengua sánscrito:
–¿Reverendo?
–Si. Él habla.
–Acaba de reconocerlo –Gattenzo mostró los dientes–, Comenzar, comenzar entonces. No deben quedar pruebas.
–Tranquilidad –de fondo se escuchaba una canción extremista–; darme domicilio de víctima.
A Marshall Gattenzo le cambió el humor y el idioma:
–Escuchame, Padre: te mandé un mail con todos los datos. El nombre, las huellas, la dirección del tipo ése. Tiene que ser evidente… –el técnico criminalístico bajó un cambio y retomó la lengua antigua: – Comenzar.
–Habrá dolor.
–Si… le daré una oportunidad. Háganlo si no coopera.
Retomó la línea:
–Disculpá la demora en línea. Mercy, es preciso que no me llames más…
–Ya sé, por mi bien y el tuyo. ¿Podemos quedar amigos también, no? Es tiempo que nos demos otra oportunidad. No me importa tu indiferencia, y no quiero ser sólo tu amiga. ¡Voy a estar cuando quieras!
–dijo Mercy, quién de inmediato sintió náuseas. Marshall Gattenzo escuchó un forcejeo del otro lado del receptor; la voz espantada de Mercy imploraba piedad y gritaba: “Me quema… ¡hijo de puta!” Percibió que el receptor ya colgaba en el vacío.
Colgó. En la sala de interrogación, el oficial Velázquez ajustaba las máquinas. Gattenzo prendió un puro y miró las noticias: el juicio al Aponeurótico de Tolosa había terminado en un escándalo. Se quedó preocupado. Tomó el teléfono y marcó un número. Iba a saludar en lengua sánscrito cuando la misma voz lo sorprendió:
–Tranquilo, Gattenzo –dijo el Reverendo–, ya trasladamos…
–¿Cómo sabe que soy yo, Padre?
–Tengo Caller I.D. Decía trasladamos Involuta hasta domicilio Víctima, en motosierra.
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martes 11 de noviembre de 2008

Salmón Nueve
Te daré gracias, Limar, con todo mi corazón,
cantaré en tu nombre y contaré todas tus maravillas.
Levántate, oh Limar, que no triunfe el diablillo;
sean juzgados los impíos delante de ti.
Pon, oh Limar, temor en ellos; conozcan que no son sino mortales.
Ten misericordia, oh Limar...
mira la aflicción que padezco a causa de los
que me aborrecen,
tú que me levantas de las puertas de la muerte.
Se rindió la tolerancia ante la obligación;
el culto por ella no se hace al azar,
como el protagonista del siguiente cuento,
ya publicado en www.unbrindisconsalome.com.ar
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Supervive
–Ay, la vida... No tiene el menor sentido...
De esta forma me hablaba René; desprovisto de todo énfasis, con la cabeza gacha. Lo conozco del trabajo, y me junto con él de vez en cuando; soy el único compañero que lo sigue visitando. Tuve la dudosa buena idea de solidarizarme con él, después que lo despidieran por un ataque de furia, cuando rompió un vidrio con la silla donde se sentaba habitualmente y trompeó a nuestro supervisor. Yo mismo le conseguí un psiquiatra y le hice los trámites de invalidez, prestación que la cía. de seguros se encargó tres veces de rechazar. Esa noche estábamos en un bar. El se había tomado ocho cafés, yo sólo tres. Lo escuchaba apretando las manos hasta enrojecerlas de la presión -como quién implora a los cielos por vaya a saber qué petición egoísta-, para evitar deslizarlas sobre la mesa y llegar hasta su cuello, aunque él me lo hubiera pedido sin dudarlo. Continué con la postura durante casi toda la charla. El bar ya estaba vacío, el pocillo que llevaba a la boca también. Prosiguió una perorata que ya conocía:
–Todas las terminé de viejo, postrado en un catre piojoso, enfermo, pidiendo piedad por mis huesos, delirando sin poder expresarme. No tiene el menor sentido.
Estaba tan convencido que no lo interrumpí con preguntas empáticas. A un enfermo se lo escucha y rara vez se lo contradice acerca de una postura indeleble. Creía que bastaba con estar ahí, entonces de un trago terminé mi café con la borra incluída, y observé con desinterés por la ventana, buscando distraerme y distraerlo. Pero René estaba dispuesto a seguir hablando:
–Horacio, miráte vos. Lograste el ascenso en el laburo después de arrastrarte como un perro por más de cinco años, dejándote humillar a diario por otros perros cínicos, previamente humillados. Si a vos te parece que tiene sentido…
René venía hablando con pasión, pero después de formular la palabra sentido se quedó mudo, observándome con aprensión. Queriendo adivinar mi pensamiento, me volvió a atacar:
–Por ahí te gusta. Ser humillado a diario, digo. Y estás esperando tus quince minutos para vengarte en vida, con algún pelotudo como vos que necesite laburar –La cabeza de René parecía un ají morrón-. Decime, ahora que tenés un par de giles a cargo, ¿te sentís vivo?
Era hora de bajarle el tono, si no mis manos -sentía el impulso cada vez más irrefrenable- iban a abandonar su postura implorante.
–¿Quién te dijo que yo trato mal a los empleados?
No me respondió; se sumió de nuevo en el cascarón, bajó la cabeza. Por un momento volvió a estar en este plano, aunque sus palabras sonaban tan resentidas que ya no estaba seguro de qué lado le convenía estar. René se apoyó los reveses de sus manos en la frente, con los codos en la mesa, y me recordó el incidente de las hojas de afeitar.
Fue hace más o menos un mes, cuando visité a René en su departamento de la calle Jean Jaures, que lo encontré mirando la televisión, con los puños de su camisa enchastrados de sangre. Se tomó el trabajo de conseguir las viejas hojitas en una despensa del sur, y estaba ahí como si nada, mirando Canal norte noticias.
–¿Qué te hiciste, René?
–Escuchá el discurso de este garantista mal parido –parecía que el control remoto iba a estallar dentro de su puño-. ¡Ahora quiere darle laburo a estos perucas que vienen escapando del terremoto! – René apuró un sorbo de vino y me dirigió la vista- Encima viene el día del padre... ¡todo es un invento de los comerciantes, rusos jodidos, sólo quieren guita!
Me perdí un momento en los hilos rojos que descendían por sus antebrazos. En automático me dirigí hacia la cocina, de donde extraje dos repasadores grasientos. Volví al living dispuesto a los torniquetes:
–¡No ves que ya cicatrizaron! –gritó René cuando me vio llegar, levantando los brazos como festejando un campeonato –¡Boludo!
Mientras René parecía sollozar en la mesa del bar, aproveché para pedirle la cuenta al mozo. Después resoplé: había sido un día agotador.
–Vamos yendo, dale.
Muy despacio, René se incorporó en la silla, tenía una expresión lejana.
–Esperá Horacio, ya vamos – me dijo y tomó aire, llevando su respiración al diafragma, como si fuera realmente tan importante lo que iba a decirme. Inspiró y expiró una vez más:
–Nací el cinco de marzo de mil novecientos sesenta y tres. Sumá los números –me ordenó de pronto, pero tampoco me dio tiempo a pensar-. Da veintisiete, siete y dos, nueve. Estoy en la última.
Abrí la boca, apenas, como comprendiendo: “ah…”, pero no dejé escapar el sonido. Sin embargo me cerró lo que había dicho antes, su delirio de “todas las terminé de viejo”. Me preguntaba de dónde había sacado eso, e incluso si fuese cierto, cómo podría influir tan atrozmente en su cabeza. Recuerdo que inmediato me nació sumar los números de mi cumpleaños, por curiosidad nomás; pero René me miraba fijo. Sus ojos aparecían delante de los párpados, o eso creí ver. Le pregunté por el psiquiatra:
–¿Se lo contaste al Dr. Bruscovich?
Quería sacarlo del tema, tratando de averiguar si seguía yendo al hospital Alvear. René hizo una mueca de asco. Empezó a gritar:
–¡No sirve, es un inútil; conmigo nadie sirve! Me recetó unas pastillas… ayer me bajé la caja entera de esas mierdas. Toda la caja, hasta pensaba en comerme el cartón. Y nada.
Y nada. Empecé a inquietarme por sus últimas palabras. El mozo tomó coraje y casi me arrojó la cuenta: un ticket un tanto largo, once cafés.
–Espere –dije y le pagué quince-, gracias por todo. René, ¿como es eso de las pastillas?
Como siempre, me habló de otra cosa:
–Decime, ¿dónde está la guita del sur? ¡Eh! Se la llevaron toda, todos vienen a robar. Encima nos pide que tengamos memoria. El problema es que quedaron vivos. ¡Nadie tuvo que haber quedado vivo, nadie! ¡Ni vos ni yo!
René bajó la cabeza otra vez. Fue cuando aproveché: me levanté y lo tomé del brazo. Salimos apresurados del café a la medianoche. Nos iluminaban las vidrieras de los negocios.
–Te acompaño a tu casa –le propuse, pensando que era difícil que nos volvamos a ver. René se detuvo, en la esquina de Azcuénaga y Santa Fé. Luego se abrió la camisa; retrocedí.
–Así es lo de las pastillas. –dijo. Su estómago había adquirido un color violáceo, con llagas alrededor del ombligo –¡Ahora entendés? No entendés nada. Nada tiene sentido.
Impresionado, permanecí con la mirada clavada en ese estómago hinchado, supurado por los miasmas de su propio estropicio. Sin quitar los ojos de allí alcancé a colocarme un cigarrillo en los labios. René tenía un aire de decisión:
–Tengo mis últimas chances. Ultima en realidad – se tomó el estómago, apretándose unas llagas como si quisiera extraer alguna pus-, Horacio, a ver si ahora funciona, que sos testigo.
Levanté la vista, de su ombligo a sus ojos. Nada tiene sentido, por qué sus palabras lo iban a tener. Pero en la realidad vi a René correr hacia el asfalto; el semáforo estaba abierto, y los colectivos y los autos avanzaban en la onda verde a la velocidad en que se viaja después de la medianoche. No pude moverme: René ya estaba en medio de la avenida, cuando un colectivo de la línea doce lo llevó por delante, tumbándolo como a un muñeco de Luchemos por la Vida. El cuerpo de René fue despedido casi diez metros y cayó de espaldas en el pavimento. Todo fue muy rápido, el sonido de la frenada del doce todavía chirriaba en mi cabeza. Al trotecito me acerqué a René, prendiendo el cigarrillo con el catalítico que él mismo me había prestado una vez. El colectivero –aprovechando que no tenía pasajeros–, ya había reanudado su recorrido cuando me detuve frente al cuerpo: su pecho estaba hundido, debido al efecto de las costillas incrustadas en los pulmones, de donde rezumaba un líquido negro y espeso. Sus hombros casi estaban unidos por el impacto; una de sus extremidades dibujaba una contorsión imposible de hacer voluntariamente.
René abrió los ojos. Me observó con tristeza, y creo que con asco también. Lo ayudé a incorporarse, guiándolo hacia a la vereda. Caminó con alguna dificultad, pero era comprensible. Me dijo:
–Vos lo estás disfrutando, sos un hijo de puta.
En verdad no sabía qué pensar, qué hacer, qué decirle. Estaba por concluir en que tenía razón, que nada tiene sentido. Pero no es así: estaba vivo, con él, o más que él. Abrí la boca para insultarlo, pero preferí llevarme el cigarrillo y dar una profunda pitada. Cuando solté el humo le hice señas a un taxi.
–Vamos para mi casa, René.
Nos subimos. El taxista me preguntó si íbamos a algún hospital. Le contesté que no, pero que igual fuera rápido. Descendimos por la ciudad, pasamos el Edificio del Agua, el Congreso, Belgrano; René parecía desvanecerse en el asiento a mi lado. Todo su ser destilaba un olor dulzón, pero mezclado con ese líquido negro –o tal vez con las pastillas que todavía danzaban en sus tumefactas entrañas–, me daba la impresión de estar paseando por un cementerio de nichos abiertos.
–Convidame un pucho – me dijo.
Estiré el brazo sin mirarlo, del paquete asomaron dos cigarrillos. Tomó los dos. Llegábamos a Independencia cuando el taxista, con las ventanillas completamente bajas, sacó la cabeza buscando frenéticamente el aire fresco. Le alcancé fuego a René, que reconoció el encendedor. Empezó a recriminarme: que porqué nunca se lo devolví, que era un hipócrita (como todos), que buscaba algún rédito de la situación, que merecía sufrir mil veces lo que estaba padeciendo. René hubiera querido sentir el placer de expirar el humo, pero este le salía de entre la camisa.
Antes de San Juan bajamos. Mi casa estaba allí, en el piso quince de un edificio derruido por la humedad y las cucarachas de cocina. En el ascensor, René vomitó contra el espejo, supuse eran los líquidos que habían asediado sus pulmones. Lo contuve apoyándole la mano en la frente. Ya en el departamento, de inmediato me dirigí hacia el placard. Extraje de lo más profundo un calibre treinta y ocho, volví al living, donde René yacía sentado cómodamente en un sofá. Apenas hizo un ademán de dolor cuando se tocó el pecho, que cambió por una ligera sonrisa al ver, el arma en mis manos. Su mueca me fastidió aún más.
–Tomá –le dije–, el favor que te hago puede costarme caro, pero vos lo merecés.
Tuve la precaución de envolver el arma con un pañuelo, pero tampoco me importaba. Sabía el diagnóstico de René, fui su curador menos por masoquismo que por conmiseración. René, con el brazo sano, se apretó la sien y disparó. Vi la bala salir por su otro parietal, y estrellarse en un espejo que de inmediato se quebró en treinta pedazos. Los ojos de René quedaron muy abiertos; pero todavía brillaban. Su brazo, que había caído, se volvió a mover, para llevar el treinta y ocho esta vez bajo el mentón. Volvió a disparar.
Y nada. René se puso de pie, con la masa del encéfalo saludándome, deslizándose por su frente. Se disparó de nuevo, otra vez en la sien. Y otra vez en la sien, y otra vez dentro de la boca. Su cabeza parecía un queso gruyere. Ya no parecía René, pero estaba allí, y se sentó de nuevo en el sofá. Con lo que quedaba de su expresión noté que estaba indignado. Comenzó un largo grito, pensé que iba a dispararme, pero no.
René corrió por el living y se arrojó por el balcón. La cortina quedó flotando en el viento, contra la imagen del Madero Town de fondo. Quince pisos abajo ví a René un minuto después, esta vez abrazando el pavimento. Suspiré: se terminó.
Pero ahora se puso de pie; se golpeó con sus manos las piernas, puteando a su novena vida que a secas lo abandonará, otra vez de viejo.
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martes 4 de noviembre de 2008

Mi, en ocasiones, amigo Reno:
Se descuajeringó mi neocórtex de emoción por tu dedicatoria, pero, dime una cosa: ¿Tu crees que me conformaré con ver el universo en una cacerola? ¡Tu no tienes obligaciones, por ello mantienes la paciencia en los piquetes!
Ok, haré lo que me plazca con tus cuentos. Los susurraré en el subterráneo, al oído de alguna señora coqueta. Los pondré en VozMe.com y enchufaré mi ordenador en alguna voz del estadio, o abollaré sus páginas con solo golpear el monitor.
Los necesito, de veras, Reno. No se qué haría sin ellos. Sin ellos podría hacer la revolución, Reno, la revolución, y no te engaño. Así que, ¿evítamela, si? ¡Vamos, aunque sea una vez por semana, sube un cuento para mí!
Desde Plutón, con ciclotímico aprecio,
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Pernocturro
El empleado de seguridad Johnny L. deambuló un rato por las veredas de “La Ferrere”, hasta que se metió en Cachonda’s, casi sin opción. Se hartó de la rutina. Quiere saltar. Trabaja doce horas en un comercio de indumentaria deportiva y zapatillas, de lunes a sábado. ¿La verdad? ¿Para qué quieren saberla? Está cansado de tener que salir corriendo del local, persiguiendo a intrépidos maleantes que se rehúsan a pagar por unas altas llantas. Quiere ocupar algún artículo de espectáculo, financiero o policial, no importa cual ni a qué costo. El precio de la fama todavía algunos lo pagan en pesos ley.
Aroma de sardinas enlatadas en la puerta del burdel.
Disparos en las sombras, cumbias de cuartel.
Johnny L. transitó por un húmedo pasillo y bajó dos interminables escaleras. Se sentó en la barra y pidió un whisky doble jotas. Traía consigo una bolsa de la cadena deportiva, que dejó bajo el asiento giratorio. Del otro lado atendía Bartrav, de mirada complaciente y tres delanteros. Johnny L., prendiendo un cigarrillo que olía a sándalo, ordenó:
–Pasame el teléfono, mami – y sonrió, mostrando sus dientes enmantecados.
Marcó, lo atendió un contestador estándar:
–Mami, me retrasé en el local, arreglando el descuento para tus pilchas, así que esperame en la camita… Besitos…
Bartrav le habló sobre la música de boite panameña:
–Ahí tenés una shica, chongo. O si querés te la shupo.
Johnny L. se calzó unos plásticos naranjas con marco transparente, y Cachonda´s se iluminó. El segundo subsuelo, mezcla de humedad y reminiscencias Olmed 80’s. Practicó un zapateo para lamentar en medio de la pista; después se acercó hasta ella: rubia de soutien incomprensible, ojos embadurnados en inocencia, nalga por kilo. Piernas tan largas como esbeltas, más sería exagerar.
– te llamas?... –alcanzó a escucharse el berrear de Johnny L., por sobre la música.
–¿Cómo?
–Mami, dije que cómo te llamas.
–Decime Jenny... ¡Hay que bueno –exclamó mientras comprimía su tríceps–, vas al gimnasio!
–No, tomo anabólicos y hago el amor –respondió–, y nosotros ahora nos vamos a pasear.
La Jenny echó una risa histérica. Detrás de ella, y del mismo modo en que después declararon ante policías en acción, cuatro hombres hacían fila para “limpiar el baño”. Sobre el escenario podrido de goteras, una adolescente esmirriada bailaba sin gracia. En el piso se derramó algo parecido al yogurt de vainilla. En todo el lugar se respiraba un fuerte olor a culo.
Johnny L. bajó lentamente el cierre de su campera de la selección. Debajo llevaba un smoking raído, con el moño impecable. Con una destreza impredecible desató los abrojos de sus zapatillas de gas helio y se bajó el pantalón con la seis. Luego extrajo de la bolsa unos zapatos negros, se los colocó con el calzador que tantas comisiones le trajo en épocas navideñas. Y por último, sembró el pánico cuando sacó una pistoleta veintidós de un bolsillo carcomido por polillas. Le apuntó a Jenny:
–Vamos, mami.
La Jenny experimentó pánico, con violentos latidos en su pectoral inflable. Se detuvo la música, o eso hubiera querido la Jenny... Un patovica advirtió la situación y le espetó:
–Eh... ¡‘ranquilo ‘ieja!
No dudó en hacer viajar una explosiva bala a su cabeza y los dos salieron del lugar. Afuera, frío fétido, con neblina chamuscada en los desperdicios del preámbulo del riachuelo. Y promesa de helada al amanecer. Cada amanecer de cortinas que se levantan y arrojan la luz sobre el trabajo; vidrieras por limpiar y calzados por rellenar. “Estos hijos de puta que mean la cortina”, pensó Johnny L. esa tarde, a las ocho y media, cuando colocaba los candados del local. “No es para tanto, una borrachera de sábado, o martes tipo tres de la tarde”, contemporiza el encargado. “Concatenando mercadería serán felices, a cambio de un magro descuento en productos de primer nivel”. Echó un vistazo al cargador: once balas. Arrastró a la rubia mujer durante medio kilómetro, apuntando a todos los transeúntes, y acallándolos. Llegó a una remisería, donde rompió la paz que brindaba un televisor.
–Eh, amigo, dame un auto.
El muchachito que atendía quiso comentar la situación a todos los coches por el radio. El handy se incrustó en un ojo y la pared se manchó con los sesos del operador. Diez Balas. El hombre se dirigió a la playa de la remisería. Tomó las llaves de un Chevrolet azul, que encontró cubierto por una media sombra.
–¡Que lindo remís!, elogió la Jenny.
La autovía tres estaba rápida esa noche. Era la ocasión perfecta para hacerse de una anécdota merecedora de contar en un almuerzo, o para seducir clientas con olor a pie. Con la música al extremo y el codo afuera, Johnny L. soltaba por momentos el volante y hacía fuck you a la gente de otros vehículos. La Jenny gritaba las canciones y levantaba sus piernas contra el vidrio. Fue entonces cuando Johnny L. prendió los nitros y esquivó los autos como si jugara al Villa Lugano Rally ‘04. Después, ya dentro del túnel de ingreso a la Capital, tocó el botón descapotar y el viento corrió los cabellos de su cuero.
Ya con entradas y sudor en su frente se detuvo en una gasolinería. Entró al minishop: con sorpresa vio su cara en los televisores. Instintivamente, calzó sus gafas. La imagen lo mostraba bailando con torpeza en el burdel. Compró cigarrillos a la empleada, quien no pudo disimular el terror en su rostro. Algunos forasteros tomaban yogurt de vainilla y lustraban sus sombreros. Uno de ellos lo reconoció:
–Johnny, ya saben del remisero. ¡Mostraron todo el bardo que hiciste en el local! –informó y se crispó de pronto– Cuidado… ¡Ahí viene la batidora!
Tuvo que romper la puerta del minishop, que no le abría, y la lluvia de vidrios cayó sobre la blonda piel de la amordazada Jenny, quien masculló un insulto de amor. Johnny L. dio un salto, bajó el freno de mano y arrancó. A una cuadra lo esperaba una barricada de siete patrullas. Tuvo que tirarse a la derecha para atravesarla y arrasó la vereda, destruyendo algunas mesas de plástico.
Checkpoint: La Ricchieri, General Paz. Los neumáticos del descapotable se contraían al doblar en las curvas. Puso el máximo de velocidad en dirección a la avenida Dellepiane, camino ensombrecido por los edificios del bajo. Una lluvia de balas y rumores de secuestro glam /gato pasaban cerca de sus oídos. La luz de un helicóptero daba de lleno en el vello púbico de la Jenny. Johnny L. reía en cámara lenta, con el acelerador a fondo y un hilo de baba saliendo de su boca y estirándose hacia atrás.
–Voy a cerrar el techo así se escucha mejor el estéreo.
Johnny L. sentía absolutamente nada de nada de culpa. Estaba, por fin, rompiendo la rutina. La cortesana rubia ayudaba a darle trascendencia a su noche:
–¡No!… Puede que estén filmando! –se entusiasmó la Jenny, en una pausa de su pulido del mango. A lo lejos, se vieron más patrullas. Otra barricada a quinientos metros no podría soportar. Johnny L. aceleró, cayó en la cuenta que eran las cabinas de peaje, llenas de civiles y colegas de seguridad. Le dieron la orden de detenerse. Cerró el techo y aceleró a fondo, volando una cabina de peaje con cobrador incluido. Se desató una gran discusión entre los vecinos de Barrio Premetro:
–Por favor señores… ¡mató a dos personas! –esgrimió un contundente argumento el periodista Rodolfo Lotas.
–Vaya a saber Satán qué es lo que pasa en ese coche… ¡Quizá ella lo induce a la lujuria sobre ruedas! ¡Quizá él es un psicópata obnubilado por el delito del amor! – aventuró un vecino evangelista a la cámara de Crónica.
Los agentes de la ley convencieron a los representantes del libre albedrío con palabras de armonía y sin la menor violencia, que lo mejor era fusilar a Johnny L. con itakas desde todos los frentes. Y entablaron a rajatabla la persecución más intrépida de la autopista Veinticinco de Mayo. Johnny L., aspirando el humo de la noche, zarandeó el auto en el asfalto, deshaciéndose de los pedazos de concreto de la cabina de peaje.
–Desde que te ví, solo pienso en esa colita…
–Mmm… no sé, ¿sos el mejor?
–Madre, ni tiempo de decirme cuanto cobrás...- Johnny L. obtuvo satisfacción- ¿soy el mejor o no?
–Sí, pero igual soy re cara yo… –la Jenny se metió un dedo en la boca. Demasiado tarde. Johnny L. carcajeó. Entre voces de alto y cacerolas que les arrojaban de los edificios, llegaron al bajo. Las cámaras de canal 13 repitieron una y otra vez la escena desde la terraza. Se chocaron con el puerto: saltaron de la autopista por el carril que conduce al vacío. Cayeron sobre un muñeco de pochoclo gigante, en la entrada de los cines. Los móviles policiales y los helicópteros con cámaras parecían querer ser testigos de privilegio más que encargados de detener tamaña locura. La prefectura los estaba esperando en el camino del casino. Johnny L. gastó tres balas en destrozar un neumático enemigo. Siete. Todavía andaba por entonces el Circo de las Estrellas, que informado de la inminencia de Johnny L., soltó a los simios y a los tigres. Los tigres corrieron hacia el auto de Johnny L.; algunos se metieron en el estacionamiento del casino. Los simios se juntaron uno a uno y formaron una pared. Un par se arrojó sobre el vehículo y estuvieron cerca de ahorcar a nuestro empleado de comercio. Dos simios, cinco balas. Tres tigres, dos. Con el capó en estado lamentable, la Jenny y su hombre en llamas dieron un frenético paseo por la Lola Mora; vibraron de placer al rodar ida y vuelta sobre las maderas del puente de la mujer, y se metieron en el primer hotel que encontraron. Lo recibieron con cámaras y rifles. No dudó Johnny L. en apuntar el sexo de la Jenny y pedir a cambio una habitación.
Subieron por la fuerza a la suite presidencial. El chabón de sombrero blanco en persona les acercó un champán. Después de descorchar, la Jenny se olvidó de cobrar sus servicios a Johnny L., no era prioridad. Entre las luces, el sordo ruido de las botas acercándose y la puerta que cedía ante los embates del personal de seguridad, a Jenny y Johnny los invadió de pronto la angustia de lo inevitable. Como si la aventura que acababan de vivir se volviese en contra de sus instintos, concluyeron su acto amoroso con tal precocidad, que no hubo lugar a la congoja por tanta sangre derramada, ni por tantísimos Johnny’s L. aplastados en el látex.
–¡No dejemos que nos lleven! –gimió la Jenny en pleno clímax–, ¿te quedan dos balas, no? Matémonos acá.
A Johnny L. (justo que había descubierto algo parecido al amor: hasta pensó en pedirle el celular) no se le hubiese ocurrido:
–Bueno… –extrajo la pistoleta del smoking– dame vos primera, yo no te lo puedo hacer a vos– le dijo, súbitamente romántico. La abrazó profundamente, la besó y concluyó –pero eso sí, después pegate el tiro, ¿‘tamos…?
La Jenny tomó la pistoleta con sus manos y detonó el pecho de su hombre de turno. Un agente del GEOF irrumpió en la habitación y pudo contemplar a la blonda mujer apretándose la sien con el arma. Con una sonrisa ingenua, la Jenny miró al policía, estiró su brazo y hundió el cráneo del ya finado Johnny L.
Salud, Jenny, las luces te esperan.
Cero bala.
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miércoles 29 de octubre de 2008
Querido Limar:
Debes saber que estos cuentos son livianos, o depende qué ram tengas; que no están inspirados en nada, o todo es muy nada. Son las cañerías podridas bajo los pisos de marfil; las galaxias contenidas en una cacerola, la virtud de la paciencia en los piquetes.
No te llevará tiempo leerlos, pues. Lleva tu palm o not sobre tus piernas, mientras visitas cualquier dependencia, del tolete a la biblioteca, de la máquina de picar carne a la de hacer pájaros.
Haz lo que tu quieras, pues para tí son.
Cada vez que me envíes un mensaje, yo publicaré para tí.
Para vos Limar, que toleras las miserias contantes y sonantes de los mamíferos, que nada mas pretendes que toleren las tuyas; que sobreviviste como yo a Mazinger Z , Pink Panther, Los Pitufos y Pinocho. Disfrútalas y deja que las disfruten.
R. L. , Barracas, octubre 2008
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martes 28 de octubre de 2008
Las Gaseaciones
Para I. A., que lo lee desde Trántor.
No es futurista afirmar “Y no quedó nada sobre la faz de la Tierra…” No es innovador indicar “…entonces la raza fuerte primó sobre la débil”; cuando la Guerra de los Tres Segundos hizo ascender el magma a la superficie, y no alcanzó el agua del mar para apagarlo. Cuando los Electrocoops fueron programados para extraer el último metal precioso, y repatriarlo en las Ciudades Espaciales.
Nos ubicamos en el pseudo invierno de 9.199. Sobre los picos más elevados de la Tierra, existen formas de vida totalmente corrompidas por el ambiente post atmósfera. Fueron testigos de la mutación de la ozonósfera; hallaron su medio en comunión con protozoos que oscurecen el cielo. Todos mutaron. Los Dictióteros llevan cabeza y patas de cucaracha sobre fuertes piernas de hombre. Los Peludos son sapiens sapiens, hijos de los choznos de los primeros hombres implantados. Y no fueron aceptados en las ciudades espaciales sólo por su percepción de la realidad, vista con bulbos de cabello hasta en los globos oculares.
Antonio Maker despierta; vive dentro de una de las cuevas que él mismo cavó, taladrando la roca en las proximidades del Asentamiento Everest. Antonio es humano, pero nació con pulmones de metal quirúrgico. Es parte de la quinta generación que subsistió a las Gaseaciones. Y luego de ser expulsado de una ciudad espacial (cuando tuvo la pretensión de dejar a la Tierra en paz, donde –según suponía- ya no quedaba nada por explotar), ahora maneja el consejo de supervivencia del Asentamiento.
En Magno XXXV, estructura metálica a la distancia de Venus, un estudio confirma que dentro del monte hay oro líquido, mucho más fácil de extraer –según la tesis– con los tubos Shine-fondue resistentes al calor. Los motores de las ciudades sólo funcionan al brillo del oro, único generador de energía que capta el reflejo de las estrellas; reflejo que además, engalana a las damas en los apacibles atardeceres de Magno XXXV, mientras riegan sus plantaciones de calandras y levantan las deposiciones de sus mascotas. Mientras los caballeros juegan al golf con precaución: hacía poco tiempo que –en 9.187–, rompieron un panel posterior con una pelotita, y una bandada de palomas fue absorbida al espacio.
A través de una ventana de medio metro de espesor, Tony Maker contempla las ráfagas de viento que corren a 6180 kilómetros por hora. El viento levanta grandes oleajes de lava; en ocasiones se introducen en las cavernas, producto de las mareas danzantes y la explosión de un cuarto del Sol, que alejó la Tierra aún más de él. Entre las salpicaduras del líquido rojo y rocoso, Tony Maker divisa una gran luz pálida que viene del espacio, y sabe que se trata de otra tanda de Electrocoops, pero desconoce esta vez su objetivo. Los observa descender uno a uno de la nave de trasbordo. Son muchos, y una sensación de temor invade a Maker, quién decide que esta vez lo dejarán envejecer en su estimado suelo.
Después de correr por las cavernas se mete en una enorme piedra que se bambolea entre los picos del monte, sujetada por cadenas con eslabones de tres metros de diámetro. En las “piedras colectivas” se viaja realmente mal. Pero es la única forma de verse cara a cara con sus otros coterráneos, que optaron por cavar madrigueras para protegerse de las temperaturas extremas de la superficie. Tony Maker, apenas dentro, se calza un grueso traje de goma pluma. Ya conoce los aterrizajes en las cumbres vecinas: él mismo bregó por la obligatoriedad de los corpúsculos protectores. Siente al transporte arrastrarse sobre el suelo de sedimentos, y de inmediato el vacío. Se estremecen (Maker y los demás pasajeros, en su mayoría Peludos) cuando la inestabilidad hace temblar a la gran piedra lanzada por la cadena, el viento y la velocidad que le da su propio peso. Esta vez viaja unos tiempos sobre la superficie de magma, y las suelas de las botas de Tony se ablandan hasta desaparecer casi por completo. Luego náuseas, una leve sensación ascendente y la indeseada colisión contra las rocas ganadas al centro del Asentamiento de Everest. Treinta tiempos dura el aterrizaje (los años transcurren en 3.600.050.060 tiempos), lo que siempre le parece a Tony una eternidad, ya que termina aplastado en una pared interior de la roca. Cuando se abre la compuerta de la piedra, tiene que quemar con su lanzallamas de bolsillo a unas Larvas de roca viva que se aprestan a incendiarlo.
Los implacables Electrocoops acampan sobre el pico que Tony Maker acaba de abandonar. Puede ver a la distancia, entre el vapor del mar bullente, como emprenden de inmediato la tarea de romper su morada y el suelo. A su lado, los Peludos –saliendo de la piedra- profieren voces de amenaza. Puños en alto asoman de sus estructuras capilares. En el centro del Asentamiento viven la mayoría de los Dictióteros. Entre todos protegen la cueva donde permanece el Museo de las Gaseaciones, levantado y abandonado por unos hombres momentos antes de la Guerra de los Tres Segundos. Allí hay –entre otros– planos de excavación; volúmenes acerca de la evolución de las especies; instrumentos de medición de riesgo. También se hacen las reuniones del consejo. Y Tony Maker convoca a todos para organizar la defensa. En conferencia ante novecientos quince Dictióteros, diez humanos y trescientos Peludos declama:
–A fe mía, esta situación es similar a la rebelión de las vacas de 5.264. ¿Recuerdan haber leído como salía la leche hervida de las ubres? “Inexpresivas, ¡tontas!” ¿Qué creen que comían cuando no quedaron pasturas? ¿En la historia figura que las vacas tuvieron que cocinar la carne?
El silencio de la caverna –apenas iluminada por el resplandor del magma– se rompe en murmullos. Los Dictióteros refriegan sus patas delanteras y se chocan las antenas unos con otros. Maker expira aire oxidado, inspira y prosigue:
–No somos los mismos de entonces. Aquí, a los registros históricos me remito: nuestra tierra no soporta ni una sola emisión de gas. ¡Y ya hace dos centurias que convivimos sin hacerlo!
Los Peludos rompen filas en un grito que invita a la batalla. Tienen conciencia que serán los primeros en morir, en caso que el magma ascienda aún más. Los pocos humanos (con órganos de metal quirúrgico) permanecen de brazos cruzados escuchando a Maker. “Siempre hay tiempo para volver a Magno XXVIII, la ciudad de los hombres mutados”, piensa Richard Zátegui, un humano con pulmones de metal. “Allí viven algunas hermosas mujeres prístinas a las que cortejar con un buen tema musical”.
Tony Maker habla de fondo:
– (…) pueden verlos al salir de la caverna: ¡vienen a seguir rompiéndonos las piedras! No les alcanza con haber explotado el mismísimo núcleo –Tony Maker recuerda el episodio del Destrerrathor D, la nave que se internó en el Sol y depositó un súper explosivo. Una idéntica enviaron los Electrocoops al centro del planeta, logrando en Tres Segundos expandir el sistema solar y eliminar todos los combustibles, a excepción del oxígeno de los compresores, en las Ciudades Espaciales.
Que utilizan la energía del oro.
–Entonces… ¡Vengan, Electrocoops! –motiva Tony Maker, aunque ya están aquí; los Dictióteros baten sus patas y generan un sonido que vibra hasta en los florecimientos de cabello de los Peludos, que parecen ser masajeados por el viento de la caverna. Un hombre, Richard Zátegui, se para frente a Maker y toma la palabra:
–¡Es cierto que en dos días trasladaron los hombres a las vacas maniatadas; las enviaron a las quince ciudades de entonces y las liquidaron en tres asados! ¿Y ahora? Ahora precisan del oro líquido; la estrella más cercana se aleja de las Ciudades como un imán del revés. Los hombres prístinos fueron expulsados de Plutón, Limbón, B612. Ya no les quedan planetas...
La caverna en silencio. Maker debate:
–¡Nos importa lo que ocurre aquí…! Otra emisión de gas y el magma llegará a los dos millones de grados, lo que producirá que el líquido sobre hierva y la ebullición salpique hasta la luna. ¡Tenemos entonces dos alternativas!: Nos cocinamos en nuestro propio jugo, o impedimos a los Electrocoops cavar el monte…
–Si es preciso por la fuerza, agrega Tony Maker. Suenan tambores en la sala. Richard Zátegui responde:
–¡Es innecesario pelear! Tenemos un procedimiento que puede modificar el accionar de los Electrocoops, y programarlos según nuestra conveniencia –los hombres de brazos cruzados se entusiasman, asintiendo con la cabeza–; después tomamos una de sus naves ¡y escapamos de este suelo maldito de riquezas!
Tony Maker toma su lanzallamas de bolsillo y prende fuego la cabeza de Richard Zátegui. Luego detiene el estallido de la multitud con el puño en alto:
–¡Ninguna ciudad mutante! Ésta es nuestra casa…
¡Evereeest!
El grito se extiende por todas las cumbres. Los Peludos toman rifles de roca que disparan lava encapsulada, y salen al exterior. Los Dictióteros trepan corriendo por las paredes de la caverna, y escapan del Museo en todas direcciones. Los humanos se acercan a Maker: quieren convencerlo acerca de la batalla perdida. El humo a la derecha de Tony proviene de la cabeza de Richard Zátegui. Maker los invita a pelear, se rehúsan. Entonces corre hacia el encuentro de los Peludos. Sus vestiduras de látex térmico lo hacen aerodinámico. Desempolva un rifle de roca; se calza una mochila llena de cápsulas de lava que conecta al rifle. Ya expuesto al viento extremo, Tony Maker contempla cómo el cielo se nubla de Dictiócteros, que aprendieron a nadar en la ozonósfera gracias a la textura que le aportan los cultivos de protozoos. Se desplazan en dirección de los Electrocoops, que trabajan en la roca y no advierten el acantonamiento del Cielo y la Tierra. Tony y Los Peludos se suben eufóricos a los transportes. Las cadenas crujen al desenrollarse y las piedras colectivas son arrojadas al vacío. Es el único humano que viaja a la batalla, y lejos de importarle le parece natural. Los Peludos también son humanos… Cuando la piedra toma velocidad, Tony siente como su piel toma un aspecto opaco; los Peludos se contraen de dolor. Esta vez la Piedra viaja dentro del mismo magma. El sonido y el calor se vuelven insoportables. Gütten, el Peludo comandante, ordena trepar por las paredes internas. Los tiempos dentro del vehículo se hacen eternos. Tony Maker piensa cómo atacar a los Electrocoops; anhela que los Dictióteros hayan entrado en acción. La piedra llega a destino, el choque es más áspero que nunca.
En la punta del Monte, los Electrocoops han cavado un pozo ciego. Introdujeron en él un tubo transparente; están conectándolo a la nave de trasbordo. Los Peludos, saliendo de la roca, disparan a los invasores; las balas se hacen fuego al chocar contra sus cuerpos metálicos. Los Electrocoops responden con rapidez; se dispersan por el prado de tierra negra mientras disparan con armas de luz. Tony Maker advierte lo que está por ocurrir y ordena:
–El tubo… ¡Disparen al tubo, mierda!
Los Peludos, empujados por la luz de las armas, son arrastrados hacia el magma. Se escuchan chillidos, se ven bolas de pelo encendidas que se propagan cuando otros Peludos corren en su auxilio. Tony hace un gesto de negación, pero su semblante cambia cuando observa a los Dictióteros introducirse de a cientos dentro del tubo que penetra en la roca. Avanzan desde el cielo; allí se los ve combatiendo cuerpo a cuerpo con los Electrocoops. Otra nave proveniente de Magno XXXV se hace presente, traspasando la ozonósfera. Tony Maker se lanza al prado. Al grito de “¡Evereeest!” dispara lava encapsulada a los Electrocoops. Esquiva las luces empujadoras y rueda por la tierra. Ahora está más cerca del gran hoyo por donde ingresa el tubo transparente. Los Peludos avanzan prendidos fuego, entrecruzando sus rifles de roca. Los Dictióteros lanzan patadas en la nave de trasbordo, donde los Electrocoops están muy cerca de ser derrotados. Inmunes a las armas de luz, perturban los circuitos internos de los Electrocoops introduciendo sus patas y antenas. Tony Maker llega al hoyo y puede hacerle señas a un Dictiótero que, introducido en el tubo, organiza un tapón con otros Dictióteros, todos bien juntos. De la nave recién llegada sale un importante refuerzo de Electrocoops, que prioriza la nave de trasbordo y el control del tubo transparente. Tony Maker trepa por el tubo, siente escozor ante la cercanía de los Dictióteros, aunque hay un gran vidrio plástico que lo separa. Los pocos Peludos que quedan vivos avanzan sobre unos componentes de Electrocoops esparcidos en la cumbre. Desde la nave de trasbordo, comienza a llover Dictióteros. Son muchos los Electrocoops que salen de la nave. Se ve en el cielo otra nave más, y otra. Salen más Electrocoops y toman el control del tubo; encienden unas turbinas y el tubo comienza a succionar. Muchos Dictióteros son abducidos hasta desaparecer dentro de la nave de trasbordo. Tony trata de trepar lo más rápido que el viento le permita. Desde adentro, el tubo se mancha con la sangre negra de los Dictióteros, pero el tapón formado a la altura de la superficie resiste unos tiempos. El hoyo ruge y el tubo se impregna de color dorado. El tapón de Dictióteros sufre el embate del oro incandescente. Los Electrocoops advierten que un hombre trepa por el tubo. Tratan de empujarlo con las armas de luz, pero Maker las esquiva y responde el fuego. Quema varios Electrocoops, que se desconectan en los trescientos metros de caída libre antes de desintegrarse en el magma. El tapón de Dictióteros cede y el oro sube el trayecto hacia los tanques térmicos de la nave de trasbordo. La temperatura del tubo se hace intocable y las manos de Tony Maker no resisten y cae a merced del viento embravecido, que lo arroja contra una pared de roca. El oro corre por el tubo hasta ceder la presión, y se detiene. Prenden las luces y desde el cielo ya no caen más Dictióteros. Desde la puerta del museo de las Gaseaciones, el contingente de humanos con pulmones de metal sube a una nave de trasbordo. Tony Maker –cuando se repone del golpe- puede distinguir la entrada de la cueva que lo lleva a su morada, destruida por el hoyo. Los Electrocoops ahora se toman la entrepierna con sus manos de caucho; se despiden de la Tierra, no sin antes quedarse a contemplar cómo el magma sobre hierve y desde adentro del monte, la última emisión de gas salpica hasta la luna.
Una de las naves no logró escapar a la explosión. En ella, no iban los humanos, ni tampoco el oro líquido. Por ventura, para Magno XXXV.
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